Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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Riesgos en Morena rumbo al 2027

domingo, 9 de agosto de 2026
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Querido lector, decía el gran Federico Reyes Heroles que, hay partidos que pierden elecciones frente a sus adversarios y hay otros que comienzan a perderlas mucho antes, en la sala de espera donde se reparten las candidaturas.

Ahí, entre encuestas, sonrisas diplomáticas, abrazos que duran exactamente lo necesario para la fotografía y aspirantes que aseguran que respetarán el resultado siempre y cuando el resultado los respete a ellos, suele comenzar esa extraña ceremonia mexicana en la que la unidad partidista se proclama con mayor entusiasmo justamente cuando empieza a escasear.

Algo de eso escuché en la conversación que René Delgado sostuvo con Ricardo Monreal en “Entredichos”, de “El Financiero Bloomberg”.

Y quizá lo más interesante no estuvo en las respuestas previsibles del coordinador parlamentario de Morena, sino en aquellos momentos en los que el político zacatecano dejó de hablar como dirigente para comenzar a hacerlo como médico que ausculta a su propio paciente.

El diagnóstico no fue precisamente tranquilizador. Monreal admitió que Morena atraviesa un “proceso complejo” y puso sobre la mesa una cifra que, por sí sola, explica buena parte del problema, 270 aspirantes para apenas 17 entidades.

Es decir, una multitud queriendo entrar por puertas demasiado estrechas. Y cuando hay tantos llamados y tan pocos elegidos, la política suele inventar su propia aritmética, por cada candidato satisfecho quedan varios inconformes preguntándose si todavía vale la pena permanecer en casa.

El propio Monreal pronunció palabras que dentro de un partido dominante deberían escucharse con atención, desajustes, confrontaciones y probables rupturas.

No las dijo un opositor, no las escribió un columnista adversario. Las dijo uno de los políticos con mayor experiencia dentro de la Cuarta Transformación y eso cambia la dimensión de la advertencia.

Porque Morena enfrenta rumbo a 2027 y 2028 una paradoja formidable, su enorme fortaleza electoral puede convertirse también en una de sus principales debilidades.

Cuando un partido tiene pocas posibilidades de triunfo, pocos se pelean por sus candidaturas; cuando gobierna buena parte del país, cada candidatura comienza a parecer boleto premiado de lotería y aparecen aspirantes debajo de las piedras, detrás de los escritorios y hasta en lugares donde nadie recordaba que había militantes.

René Delgado colocó entonces sobre la mesa una imagen interesante, Morena enfrenta simultáneamente una tensión interna y una presión externa.

Monreal la describió con dos palabras casi geológicas: implosión y explosión. La explosión vendría desde afuera; la implosión, desde dentro.

Y de las dos, quizá la segunda sea políticamente más peligrosa. El diputado reconoce a la presidenta Claudia Sheinbaum como el principal factor de unidad y el mayor activo del movimiento, pero al mismo tiempo admite la existencia de intereses, ambiciones, grupos y corrientes que, aunque oficialmente desaparecieron, continúan respirando debajo de la superficie partidista.

De ahí su insistencia en resolver pronto las candidaturas, prolongar las competencias internas, advierte, puede hacer que los aspirantes lleguen “luxados” a la elección constitucional.

La metáfora es magnífica.

Morena podría llegar a 2027 como ese corredor que ganó todas las competencias anteriores, pero aparece en la línea de salida con la rodilla vendada, el tobillo inflamado y todavía discutiendo con sus compañeros sobre quién tuvo la culpa.

Porque una encuesta puede determinar quién ganó. Lo que ninguna encuesta garantiza es que quienes perdieron acepten de buen grado la derrota.

Y aquí aparece uno de los grandes desafíos de Morena después de Andrés Manuel López Obrador.

Durante años, López Obrador fue mucho más que el dirigente político del movimiento fue árbitro, referente y, en muchas ocasiones, la última instancia de apelación.

Monreal reconoce esa “fuerza moral sorprendente” y recuerda que incluso conflictos como el de Baja California fueron contenidos durante años por la capacidad del entonces presidente para mantener unidos a personajes políticamente enfrentados.

Ahora Claudia Sheinbaum ejerce el poder de otra manera y ahí hay un asunto fascinante. Según Monreal, la Presidenta posee carácter y firmeza, pero ha permitido que Morena procese democráticamente sus decisiones sin imponer candidatos.

El problema es que el propio diputado deja flotando una pregunta incómoda: ¿está Morena preparado para vivir sin aquel dedo invisible que antes ordenaba el universo partidista?

Porque la democracia interna tiene una virtud extraordinaria, permite competir y tiene también un pequeño demonio escondido en el armario, permite perder.

Y no todos saben perder. Monreal sostiene que las encuestas serán el mecanismo fundamental para definir candidaturas, aunque reconoce una excepción importante, la paridad de género puede modificar el resultado final, como ocurrió cuando Omar García Harfuch ganó ampliamente la encuesta en la Ciudad de México y finalmente Clara Brugada fue quien encabezó la candidatura.

Por eso, rumbo al 2027, la verdadera prueba de Morena quizá no sea saber quién gana las encuestas, sino qué hará con quienes las pierdan.

Hace algunos días hablé por teléfono con uno de los protagonistas de la 4T en Tamaulipas y durante la conversación apareció una fórmula que, según me explicó, podría utilizarse en teoría para procesar parte de esa abundancia de aspirantes.

Le llaman criterio “1-2”. La idea es sencilla, quien aparezca en primer lugar en las encuestas sería candidato a presidente municipal y quien quede en segundo lugar, candidato a diputado federal.

Una suerte de ingeniería electoral destinada no solamente a aprovechar a los perfiles mejor posicionados, sino también a disminuir el número de heridos que deja inevitablemente una candidatura.

Quien gana, no gana todo y quien pierde, no pierde todo. No sé si finalmente esa fórmula será aplicada de manera generalizada, pero políticamente tiene lógica, transformar al segundo lugar en compañero de batalla antes de que tenga tiempo de convertirse en adversario.

Porque las fracturas no siempre comienzan con un portazo, a veces empiezan con un silencio, después viene una ausencia en un mitin, más tarde una fotografía con alguien de otro partido.

Y finalmente descubrimos que aquel compañero entrañable que juraba llevar a Morena tatuado en el corazón encontró súbitamente profundas coincidencias ideológicas con quienes combatió durante años.

La política mexicana también tiene sus milagros, pero las candidaturas son apenas uno de los riesgos. Hay otro reconocimiento de Monreal que me parece mucho más importante porque toca directamente el comportamiento electoral, el ejercicio del poder desgasta.

Morena gobierna 23 entidades y el diputado admite que en algunas “quedamos a deber”. Reconoce que determinados gobiernos estatales y municipales no están siendo bien evaluados por sectores de la población y sentencia algo que debería estar escrito en letras grandes en las oficinas partidistas: trasladar la votación de 2024 al 2027 “no va a ser fácil”.

Ése fue probablemente el corazón de toda la entrevista.

Morena ya no competirá únicamente contra el recuerdo de los gobiernos del PRI y del PAN. Competirá también contra sus propios gobiernos.

En 2018 podía pedir el voto ofreciendo esperanza. En 2027 tendrá que pedirlo mostrando resultados y son cosas distintas. El tiempo transforma inevitablemente a los movimientos.

Los rebeldes llegan al palacio, descubren que los sillones son cómodos y un buen día alguien tiene que recordarles que alguna vez entraron ahí precisamente para cambiar las costumbres de quienes ocupaban esos sillones.

René Delgado llevó entonces la conversación hacia dos territorios particularmente delicados, corrupción y vínculos entre política y delincuencia.

Monreal defendió los resultados del gobierno de Claudia Sheinbaum en materia de seguridad y combate al crimen organizado, pero la discusión dejó planteado un problema electoral que va mucho más allá de expedientes judiciales, la percepción a la que tanto alude Roger Stone, el controvertido estratega político republicano y antiguo asesor de Donald Trump.

En política, lo que ocurrió importa pero también importa lo que millones creen que ocurrió.

Monreal admite que la narrativa del “narcopartido” y el “narcogobierno” ha provocado pérdida de simpatías hacia Morena.

Podrá discutirse quién construyó esa narrativa, cuánto tiene de estrategia opositora y cuánto de acontecimientos que permitieron alimentarla, pero electoralmente el fenómeno existe según el propio diputado.

Y aquí Morena enfrenta otro riesgo, confundir explicación con absolución. Decir que una narrativa proviene de la derecha puede explicar su origen, pero no necesariamente neutraliza sus efectos.

Las elecciones no se ganan demostrando que el adversario fue injusto, se ganan convenciendo al ciudadano. Por eso me pareció especialmente significativa la parte final de la entrevista.

Monreal reconoce que Morena necesita reconstruir o fortalecer su relación con iglesias, medios de comunicación, empresarios, jóvenes y universidades, sectores con los cuales considera que ha faltado un diálogo constructivo.

Y añade pendientes concretos, como el campo y la salud.

Ahí aparece el Ricardo Monreal más interesante de la conversación. No el dirigente que defiende al Movimiento. Sino el político que advierte que el Movimiento puede equivocarse.

Y finalmente pronuncia quizá la frase que debería preocupar más a Morena rumbo al 2027: “Sí creo que tenemos riesgos.” No habla de una catástrofe inevitable.

Tampoco pronostica una derrota nacional. Pero reconoce que, si Morena no corrige internamente, puede no repetir los resultados de 2024. Y propone algo que parece elemental pero que en la política mexicana suele convertirse en una hazaña, seleccionar perfiles honestos, alejados de la delincuencia, sin sospechas de vínculos criminales, provenientes de la sociedad, frescos y con aceptación popular.

Dicho de otra manera, Morena necesita candidatos que le sumen votos a la marca y no candidatos que esperen que la marca les regale los votos.

Ahí estará buena parte del 2027 y 2028. Porque el adversario externo existe, la oposición existe, la presión estadounidense existe, las narrativas adversas existen.

Pero también existen las ambiciones propias, los malos gobiernos, las disputas intestinas, las candidaturas mal procesadas, los agravios acumulados y ese antiquísimo animal de la política mexicana que aparece cada tres años y responde al nombre de “si no soy yo, tampoco tú”.

Quizá por eso René Delgado cerró la conversación rescatando una expresión de Monreal: “sacudir las inercias”.

Me gusta la frase. Las inercias son como esos fantasmas domésticos que nadie ve pero todos alimentan. Se sientan a la mesa, ocupan una silla, escuchan las conversaciones y un día terminan decidiendo candidaturas.

Morena llegará al 2027 con una ventaja enorme, continúa siendo la fuerza política predominante y, según el propio Monreal, conserva en la presidenta Claudia Sheinbaum a su principal activo y factor de cohesión.

Pero precisamente por eso su mayor desafío no consiste solamente en derrotar a sus adversarios. Consiste en administrar su propia abundancia. En evitar que 270 aspiraciones terminen convertidas en 253 resentimientos.

En entender que ganar una encuesta no basta si después se pierde al partido. En reconocer que gobernar desgasta y que ningún triunfo electoral constituye una escritura de propiedad sobre los ciudadanos.

Y aquí, en Tamaulipas, todas estas reflexiones dejan de ser teoría para convertirse muy pronto en nombres, encuestas, reuniones, llamadas telefónicas y decisiones.

Porque las candidaturas de nuestra región pasarán por una mesa política donde gravitarán la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo; la presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes; la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; y, particularmente para Tamaulipas, Alejandro Peña Villa, coordinador de Morena en la Segunda Circunscripción, responsable de los trabajos políticos y electorales en ocho estados, incluido el nuestro.

Querido y dilecto lector, entonces veremos si funciona aquel 1-2 del que me hablaron por teléfono. Veremos quién resulta primero, quién acepta ser segundo y, sobre todo, quién después de conocer los números sigue creyendo fervorosamente en la unidad.

Porque las encuestas pueden medir intención de voto, conocimiento, aprobación y preferencias. Lo único que todavía no han aprendido a medir es el tamaño del ego.

Y en política, hay egos que no caben ni siquiera dentro del margen de error.

El tiempo hablará.

 

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