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Para la Doctora en Psicología Flora Aurón Zaltzman, terapeuta familiar con más de 50 años de práctica clínica, tres emociones, en particular, sostienen el sistema tóxico en las familias: la culpa, la vergüenza y el miedo.
Las tres operan como pegamento que mantiene unida una dinámica que nadie se atreve a nombrar.
"Vergüenza, culpa y mucho miedo", enumera Aurón. "Hay un deseo de que no salga de la familia. Como dicen: los trapos sucios se lavan en casa".
Cuando un miembro de la familia desarrolla una adicción, la dinámica del sistema familiar cambia dramáticamente, explica la especialista desde su enfoque sistémico.
Las alianzas se reorganizan: la madre sobreprotege, el padre se distancia, los hijos quedan excluidos o asumen roles que no les corresponden.
La doctora Aurón describe lo que ha encontrado en esas familias: "Depresión, enojo, rabia, mucho desgaste. Y una eterna alerta: ni en los momentos donde no está presente la adicción, hay tranquilidad".
"La adicción no sólo atrapa a la persona que presenta adicción, sino a toda la familia", afirma. Y agrega una imagen que lo ilustra con precisión: los familiares quedan "adentro de la cazuela hirviendo", sin poder ver con claridad lo que les está ocurriendo.
Los mecanismos de encubrimiento aparecen pronto. La minimización se vuelve lenguaje común: "No fue para tanto". Se cancelan celebraciones familiares para evitar que el adicto "se ponga hasta atrás".
Se reduce progresivamente el espacio vital de todos.
Y debajo de todo eso, frecuentemente, hay secretos más antiguos.
"Hay situaciones difíciles que no pueden ser nombradas, no pueden ser compartidas por mucho miedo, porque hubo amenaza, porque hay mistificación", señala la terapeuta.
Esas familias, dice, viven con el abuso sexual no revelado, la violencia que se normalizó o el trauma que quedó sin procesar. La adicción, en esos casos, puede ser también una respuesta -disfuncional pero comprensible- a lo que no pudo decirse, agrega.
"Lo saludable es poder mantener las costumbres familiares, la buena comunicación con buenos límites, disminuir la sobreprotección y poder hablar sobre lo no dicho en la familia", plantea.
En situaciones de violencia, agrega, la distancia no es una opción sino una necesidad. "Hay situaciones donde sí es necesario. Que la persona tome distancia, que viva, que trabaje, que se tenga a sí misma.
También es una descompresión para la familia, porque es muy intoxicante".
Sanar no es sólo que el adicto deje de consumir, agrega.
"La recuperación ocurre cuando la familia recupera la posibilidad de vivir, vincularse y proyectar su futuro, que durante mucho tiempo quedó secuestrado por la adicción", dice la psicóloga.
"Que las personas recuperen su capacidad de pensar, de sentir, de elegir y de proyectar una vida que no esté definida exclusivamente por la adicción.
Ahí empieza la recuperación".
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