El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide
A partir de los 50 o 60 años, muchos profesionistas descubren que su amplia trayectoria ya no abre puertas. Al contrario, se enfrentan a procesos de contratación donde la edad pesa más que los conocimientos, las habilidades o los resultados obtenidos durante décadas de trabajo.
Paradójicamente, aquello que debería representar confianza, capacidad y liderazgo termina siendo visto como un inconveniente.
La discriminación por edad continúa siendo una práctica silenciosa en el mercado laboral. Se buscan perfiles "jóvenes", con dominio de nuevas tecnologías y disponibilidad absoluta, olvidando que la experiencia aporta algo que ningún curso puede enseñar: criterio, capacidad para resolver problemas, inteligencia emocional y visión estratégica.
El problema no solo afecta a quienes buscan empleo. También representa una pérdida para empresas e instituciones que dejan de aprovechar el conocimiento acumulado de profesionales capaces de formar nuevas generaciones y fortalecer equipos de trabajo.
La verdadera innovación no consiste en reemplazar la experiencia por la juventud, sino en lograr que ambas convivan. Los equipos más sólidos son aquellos donde el entusiasmo de los jóvenes se complementa con la madurez de quienes ya han recorrido el camino.
Es momento de replantear la forma en que se valora el talento. La edad no debería ser un filtro para excluir, sino un elemento más dentro de una evaluación basada en capacidades, resultados y compromiso.
Aquí un llamado a los congresistas para que trabajen en una iniciativa, en donde las empresas demuestren su responsabilidad social y permitan que gente en edad adulta, productiva, comprometida y en pleno uso de sus facultades, pueda seguir contribuyendo y ganando un salario digno para ayudar a su familia y su retiro propio.
Porque el talento no envejece. La capacidad de aportar tampoco.












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