Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

Hay graduaciones de Jardín de Niños, graduaciones de primaria, graduaciones de secundaria y graduaciones de preparatoria. Algunas incluyen toga, birrete, anillos conmemorativos, sesiones fotográficas, desfiles, arreglos florales, globos monumentales, videos profesionales y hasta banquetes familiares que rivalizan con una boda modesta.
Hoy lunes pude ver en las calles de Matamoros el espectáculo del desfile celebrando el logro de concluir el nivel de jardín de niños y no puede evitar hacerme una pregunta incómoda: ¿en qué momento comenzamos a celebrar como hazañas extraordinarias lo que en realidad son etapas normales de la vida académica?
Cuando muchos de nosotros terminamos el jardín de niños, simplemente pasábamos a la primaria. No había ceremonia de despedida con producción cinematográfica.
No existían anillos de graduación para niños de seis años. Mucho menos caravanas de vehículos adornados como si acabáramos de descubrir la vacuna contra alguna enfermedad incurable.
Sensible lector, simple y llanamente la primaria conducía a la secundaria, la secundaria a la preparatoria y la preparatoria, para quienes perseveraban, a la universidad.
Existía una comprensión tácita de que cada etapa tenía su importancia, pero también su proporción. La verdadera graduación era aquella que coronaba años de esfuerzo especializado, sacrificios económicos, desvelos y perseverancia.
Obtener un título universitario significaba concluir un proceso complejo que abría la puerta al ejercicio de una profesión. Hoy pareciera que hemos decidido borrar esas diferencias.
No me malinterpretes, querido lector, no estoy sugiriendo que los padres deban ignorar los avances de sus hijos. Todo progreso merece reconocimiento. Un niño que concluye el jardín de niños merece una felicitación, un adolescente que termina la secundaria merece apoyo y estímulo.
El problema aparece cuando confundimos reconocimiento con glorificación. Porque la educación también enseña proporciones. Cuando todo es extraordinario, nada termina siendo extraordinario.
Si otorgamos el mismo despliegue emocional a la conclusión del kínder que a la obtención de un doctorado, corremos el riesgo de transmitir una idea equivocada, que todos los logros exigen el mismo nivel de esfuerzo y poseen el mismo valor académico.
Y simplemente no es cierto. Existe una diferencia enorme entre aprender a colorear dentro de las líneas y defender una tesis doctoral después de años de investigación.
Ambas cosas tienen mérito, pero definitivamente no son equivalentes.
La comparación podría parecer exagerada, pero pensemos por un momento en los llamados Doctorados Honoris Causa, el negociazo que algunas organizaciones reparten con generosidad casi industrial.
El título suena impresionante hasta que uno lo compara con el trabajo de quien dedicó una década a cursar maestrías, doctorados, investigaciones, publicaciones científicas y exámenes rigurosos.
A usar su inteligencia y cerebro dentro de la academia. Las palabras importan, los símbolos también.
Cuando todo recibe medalla, diploma, anillo, fotografía oficial y ceremonia solemne, terminamos devaluando aquello que realmente requiere sacrificio excepcional.
Quizá detrás de esta tendencia exista también una explicación menos filosófica y más comercial. Alguien descubrió que las emociones venden.
Después aparecieron los paquetes fotográficos, luego los anillos, más tarde los globos gigantes, después los salones de eventos y finalmente toda una industria comenzó a prosperar alrededor de ceremonias que hace apenas unas décadas eran inexistentes.
Los adultos compramos porque amamos a nuestros hijos. Eso es comprensible. Lo cuestionable es cuando terminamos convirtiendo cada pequeño escalón en una cumbre del Everest.
Tal vez algunos me consideren un gruñón prematuro o una especie de Grinch de las graduaciones. Lo acepto con deportividad. Pero sigo pensando que una de las tareas más importantes de la educación consiste en enseñar a distinguir entre los logros ordinarios y los extraordinarios.
Entre una etapa que naturalmente debía concluirse y una meta que exigió años de disciplina excepcional.
Querido y dilecto lector, los niños no necesitan que les hagamos creer que ya conquistaron el mundo. Necesitan aprender que el mundo apenas comienza y que todavía existen montañas mucho más altas por escalar.
Y quizá la mejor preparación para subirlas sea comprender que no cada paso merece una fanfarria.
El tiempo hablará.



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