El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide

Los ciudadanos se acostumbraron a ver los mismos apellidos, los mismos grupos y las mismas prácticas rotando de un color a otro, mientras el discurso del cambio se repetía elección tras elección.
Morena surgió precisamente como una respuesta a ese desgaste nacional. Su aceptación y crecimiento no fueron una casualidad, sino la consecuencia del hartazgo social frente a la corrupción, los privilegios políticos, la impunidad y la creciente desconexión entre gobierno y ciudadanía.
Millones de mexicanos no votaron únicamente por un partido; votaron por la promesa de una transformación ética del poder público.
Sin embargo, a casi una década del ascenso del obradorismo y después de varios años de control político a nivel nacional, comienzan a encenderse señales preocupantes que obligan a una reflexión seria sobre el rumbo del Movimiento de Regeneración Nacional.
La primera bandera roja es el desplazamiento de la ideología por el pragmatismo electoral. Morena pasó de ser un movimiento construido por militantes, activistas sociales y ciudadanos comprometidos con una causa, a una estructura política abierta a perfiles provenientes de prácticamente todos los partidos tradicionales.
PRI, PAN, PRD y otras fuerzas encontraron espacio dentro del nuevo oficialismo sin necesidad de compartir plenamente los principios que dieron origen al movimiento, ni haber participado en la lucha política que impulsó su fundación.
La lógica cambió: ya no se priorizó necesariamente quién representaba mejor el proyecto político, sino quién podía ganar elecciones.
El fenómeno no es menor. Diversos analistas han señalado que Morena absorbió a numerosos actores del viejo sistema para consolidar gobernabilidad y ampliar su presencia territorial.
El problema es que, junto con esos perfiles, también llegaron prácticas que el movimiento prometía erradicar: grupos de poder, cuotas políticas, disputas internas, campañas adelantadas y luchas por posiciones.
A ello se suma la incorporación de personas que, en algunos casos, desconocen la operatividad de la política y la vocación del servicio público, aceptando cargos por relaciones personales, recomendaciones o simplemente por las ventajas económicas que representan.
La segunda bandera roja es aún más delicada: la pérdida progresiva de identidad partidista dentro de las alianzas políticas.
Hoy resulta común observar funcionarios, legisladores y candidatos que cambian de partido según las circunstancias o los acuerdos del momento.
Un personaje puede competir bajo unas siglas y posteriormente operar bajo otras sin mayores diferencias en su discurso o comportamiento político.
Esta realidad plantea una pregunta incómoda para el sistema político mexicano: ¿siguen existiendo las ideologías o los partidos se han convertido únicamente en vehículos electorales para alcanzar poder, control y posiciones de influencia?
La consecuencia más grave no es interna, sino ciudadana. Cuando la población percibe que todos los actores terminan integrándose a la misma dinámica de poder, comienza a crecer el desencanto democrático.
El ciudadano deja de creer en los proyectos políticos y empieza a asumir que las diferencias entre partidos son únicamente narrativas de campaña.
Y ahí aparece un riesgo nacional silencioso: la normalización del cinismo político. México enfrenta actualmente uno de los niveles más altos de polarización política de las últimas décadas.
Esta situación no es exclusiva de un partido; alcanza a prácticamente todas las fuerzas políticas. Diversos estudios de opinión muestran que una parte importante de la población considera que los partidos priorizan sus intereses internos por encima de las necesidades sociales.
Eso explica por qué cada vez más ciudadanos votan por emociones, liderazgos o figuras con capacidad de conectar con la sociedad, más que por plataformas ideológicas o propuestas programáticas.
La historia política mexicana ha demostrado que los movimientos no se desgastan únicamente por la fuerza de la oposición. Con frecuencia, comienzan a fracturarse cuando pierden la coherencia entre lo que prometen y lo que practican.
Esa es, quizá, la mayor prueba que enfrenta Morena en esta nueva etapa de su historia: demostrar que la transformación prometida puede sobrevivir a las dinámicas tradicionales del poder que alguna vez se comprometió a combatir.



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