Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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Isidro Vargas vs Gerardo Peña: Los dos tribunos.

jueves, 4 de junio de 2026
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Querido lector, la política mexicana atraviesa una época singular. Ya no se libra solamente en las urnas, ni en los despachos, ni siquiera en las plazas públicas.

Se libra, sobre todo, en el territorio de las narrativas. Cada bando intenta imponer su interpretación de la realidad. Cada grupo político construye su propio relato de los hechos.

Y en esa batalla permanente por definir qué significa México, quién representa al pueblo y quién encarna la traición, los parlamentos han vuelto a convertirse en escenarios donde las palabras pesan tanto como los votos.

Eso fue, en esencia, lo que ocurrió en el Congreso de Tamaulipas el viernes pasado 29 de mayo. De un lado estaba Isidro Vargas, diputado de Morena, hombre de complexión sólida, voz grave y maneras más cercanas al litigante técnico que al agitador de tribuna.

Su intervención partió de la defensa de la reforma político-electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum y armonizada por el gobernador Américo Villarreal.

Lo interesante no fue tanto la defensa política, previsible en cualquier legislador de la mayoría, sino el método.

Debo reconocer algo que he observado desde hace tiempo: Isidro Vargas es uno de los diputados más sólidos que Morena tiene actualmente en Tamaulipas.

Podrá coincidirse o discreparse de sus posiciones políticas, pero sería injusto negarle una cualidad evidente: llega preparado al debate.

No es solamente un operador político ni un repetidor de consignas. Es un legislador documentado. Conoce los textos, lee las reformas, maneja los datos.

En una época donde demasiados debates terminan convertidos en intercambios de eslóganes, el diputado Isidro Vargas suele refugiarse en artículos, cifras, antecedentes y argumentos técnicos.

Y esa diferencia, en la política contemporánea, vale más de lo que parece. Tiene una gran capacidad de retención, no es un diputado que lee, es un legislador que explica lo que previamente entendió.

El viernes pasado su discurso avanzaba dentro de los márgenes parlamentarios habituales hasta que decidió entrar al terreno donde hoy se libran las verdaderas batallas: la narrativa nacional.

Entonces aparecieron los nombres de Alito Moreno, Lilly Téllez, Maru Campos, la soberanía nacional, la intervención extranjera y el respaldo a Claudia Sheinbaum.

La discusión jurídica se transformó en discusión política. La pólvora ya estaba encendida.

Del otro lado se encontraba Gerardo Peña. Y aquí la historia adquiere una dimensión distinta. Porque Gerardo Peña no es un diputado cualquiera.

Durante años ocupó posiciones centrales dentro del grupo político que encabezó Cabeza de Vaca. Fue Secretario General de Gobierno.

Conoció los pasillos del poder cuando el poder de su jefe parecía inamovible. Vivió la etapa en que la estructura gubernamental panista dominaba el tablero tamaulipeco con una autoridad que para muchos parecía irreversible.

Quienes recordamos aquellos años sabemos perfectamente que resultaba difícil imaginar que algún legislador oficialista se levantara a responderle en los términos que ahora ocurre.

La rueda de la fortuna política tiene esas ironías. Hoy, en Tamaulipas, los hombres que alguna vez hablaron desde la cúspide han terminado escuchando desde la oposición.

Y quienes antes escuchaban, ahora responden.

Gerardo subió a tribuna con el oficio de quien ha sobrevivido muchas batallas políticas. Su réplica fue breve, pero cargada de intención.

Acusó falta de originalidad, cuestionó la narrativa soberanista y lanzó el golpe más fuerte de su intervención: vincular a Morena con la presunta entrega de Tamaulipas y de México al crimen organizado.

No era una respuesta jurídica. Era una acusación política de alto calibre. Hasta ahí el intercambio podía haber terminado como tantos otros debates legislativos.

Pero entonces ocurrió lo verdaderamente interesante. El diputado Isidro pidió nuevamente la palabra. Y lo que siguió fue una escena que, vista con la pátina del tiempo, probablemente dirá mucho más sobre el cambio de época que sobre la reforma misma que se discutía.

El diputado morenista comenzó reconociendo a Paloma Guillén como una parlamentaria de altura. Fue un movimiento inteligente. Primero elevó el nivel institucional del debate.

Después giró la espada parlamentaria contra Gerardo Peña, y trajo algunos detalles a su memoria.

Recordó los tiempos de los GOPES. Recordó la Secretaría General de Gobierno. Recordó a Francisco "N" de quien dijo es prófugo de la justicia.

Cuestionó el patrimonio de su adversario y lo retó públicamente a transparentarlo. Lo hizo sin rodeos. Sin metáforas. Sin eufemismos.

No se quedó callado, pero no confrontó con dogmas sino con elementos históricos irrefutables. Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero tema del debate no era la reforma electoral.

Era la disputa por la legitimidad histórica.

Morena intenta construir la narrativa según la cual representa la voluntad popular expresada en las urnas y la defensa de la soberanía nacional.

El PAN intenta construir la narrativa según la cual la verdadera amenaza proviene de la expansión del crimen organizado y de la concentración de poder.

Ambos discursos compiten por convertirse en la explicación dominante del presente mexicano.

Querido y dilecto lector, lo que vimos en el Congreso de Tamaulipas fue una versión local de esa confrontación nacional. Dos hombres de complexiones parecidas.

Dos políticos curtidos. Dos proyectos de país. Dos relatos incompatibles. Uno defendiendo el mandato electoral de la Cuarta Transformación.

Otro denunciando los riesgos que observa en ese mismo proyecto. Y entre ambos, el viejo arte parlamentario que sobrevive desde los tiempos de Roma, la palabra como instrumento de combate.

Porque las leyes se votan con números. Pero las épocas se definen con narrativas, y la que prevalezca, esa ganará.

El tiempo hablará.

 

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