Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

Mi madre, María Elena, nacida el 26 de agosto de 1929 y fallecida el 6 de julio de 2014, pertenece precisamente a esa estirpe de personas que continúan habitando el mundo desde la memoria moral de quienes la amamos.
Hoy, en este Día de las Madres, mientras el tiempo sigue avanzando con su disciplina implacable, descubro que mis recuerdos de infancia todavía conservan algo de su voz, de sus silencios y de aquella manera suya de caminar por la casa como si supiera que el verdadero poder rara vez necesita proclamarse.
Esa era mi madre.
Cuando oraba, su rostro parecía iluminarse desde dentro por una fe abnegada y serena. Había en ella un cristianismo sin estridencias, profundo y antiguo, casi como si perteneciera a una generación que todavía entendía la oración no como refugio, sino como conversación íntima con Dios.
Recuerdo que alguna vez le pregunté por qué invertía tantas horas en sus oraciones. Ella levantó apenas la mirada y me respondió con esa mezcla tan suya de ternura y autoridad serena:
—¡No te metas!
No había brusquedad en sus palabras. Había, más bien, una forma amorosa pero firme de marcar territorio espiritual, como si entendiera que ciertas conversaciones entre el alma y Dios pertenecen al ámbito sagrado de la intimidad.
A veces pienso que cuando la observaba orar asistía sin saberlo a una de las últimas expresiones de aquella dignidad espiritual que caracterizó a muchas mujeres de su tiempo.
Había algo majestuoso en la agotada existencia de mi madre. Y al mirarla, yo creía contemplar encarnadas las viejas y buenas costumbres de otros tiempos: la cortesía sobria, la disciplina doméstica, la elegancia sin exhibicionismo y esa fortaleza femenina que no necesitaba disfrazarse de dureza para imponer respeto.
Tenía cierta poesía. Una poesía discreta, doméstica y silenciosa, hecha de pequeños gestos cotidianos que el tiempo, lejos de borrar, vuelve más luminosos.
Mis recuerdos alados de la infancia están inevitablemente ligados a ella. Porque si hoy vuelvo la mirada hacia aquellos años lejanos, descubro que sobre todas mis demás memorias todavía cae la misma lumbre dulce de su presencia.
Como si la infancia misma conservara el resplandor de mi madre derramándose sobre los corredores de la casa, sobre la comida servida, sus tamales, sus frijoles, su pollo a la reina, sobre los regaños, cuando me dio una buena paliza al escucharme decir barbaridades de mi hermano Paco, sobre las enfermedades infantiles, cuando me dio hepatitis y sobre esa sensación irrepetible de protección que solo existe cuando una madre todavía habita el mundo.
Ella era piadosa, generosa y sencilla en sus hábitos cotidianos. Una gran señora. Después de enviudar encontró una forma serena de felicidad en sus hijos y en sus nietos, hasta donde la vida se lo permitió.
Con sus nueras mantenía una distancia elegante, acaso entendiendo, con la inteligencia emocional que siempre tuvo, que el amor materno también consiste en aprender a no invadir la vida de los hijos adultos.
Le bastaba con percibir que pareciamos felices.
Era, además, una mujer culta. Pero jamás utilizó la cultura como instrumento de vanidad. La llevaba incorporada a la conversación, al juicio prudente y a cierta manera refinada de comprender el mundo.
Prefería tener paz a tener la razón.
Con el paso de los años he llegado incluso a entender algo más profundo sobre ella: mi madre poseía una concepción casi romana del poder doméstico.
Era una “Domina” generosa, semejante a aquellas matronas de la antigua Roma que gobernaban la casa con autoridad natural y sentido del deber.
Pienso muchas veces en Aurelia, la madre de Julio César, ahora que leo “Roma soy yo” de Santiago Posteguillo, cuando la recuerdo organizando silenciosamente el universo familiar.
Sabía gobernar la casa.
No toleraba la negligencia ni el desorden moral. Y aunque no era una mujer impulsiva, comprendía perfectamente el valor psicológico de la autoridad.
Todavía puedo escuchar aquella frase que marcó parte de nuestra infancia:
“Vas a ver cuando llegue tu papá”.
Había en esas palabras toda una pedagogía antigua del respeto, del orden y de la jerarquía familiar. Algo que hoy quizá muchos juzgarían con ligereza, pero que pertenecía a una época en la que el hogar funcionaba también como una pequeña república moral, con reglas no escritas, autoridad reconocida y afectos profundamente estructurados.
Mi madre solía decirnos que la familia no era una democracia. Y lo decía sin autoritarismo estridente, sino con la serenidad natural de quien se sabe eje emocional de la casa.
Recuerdo que, en algunas ocasiones, yo intentaba arrinconarla dialécticamente, exhibir alguna contradicción o hacerle notar uno de sus errores.
Ella me observaba entonces con una mezcla de paciencia, inteligencia y ligera compasión, como quien contempla las estrategias todavía inmaduras de un hijo, y remataba la conversación con una frase que aún hoy me provoca una sonrisa:
—Qué crees, mijito… yo mando. Y si me equivoco, vuelvo a mandar.
Y, sin embargo, detrás de aquella firmeza existía una mujer profundamente amorosa.
Por eso hoy, al evocarla, vienen inevitablemente a mi memoria aquellos versos de Manuel Acuña:
“La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte…”
Y aunque el poeta concluya que algunos creen que todo termina “donde empieza el imperio de la muerte”, yo no logro aceptar del todo esa idea cuando pienso en mi madre, María Elena.
Porque la ausencia física de mi madre jamás consigue convertirse en ausencia verdadera. Sigue viviendo en la voz interior con la que pretendo educar y hablo yo mismo con mis hijos.
En los hábitos que heredé de ella sin darme cuenta, en ciertas palabras que repito, en mi manera de sentarme a la mesa, incluso de cocina y sobre todo en los frijoles negros que me enseño a hacer.
En la culpa que siento cuando hago algo que la habría decepcionado. Y también en la secreta necesidad de seguir haciéndola sentir orgullosa, aun muchos años después de que físicamente ya no está.
El tiempo hablará.

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