El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide

Durante ese periodo, millones de personas migraron a los entornos digitales en busca de información, interacción y oportunidades económicas, en un contexto donde las plataformas aún mostraban limitaciones en la verificación de datos, protección de identidad y control de contenidos fraudulentos.
En México, el impacto ha sido particularmente visible. De acuerdo con datos del INEGI, más del 75% de la población es usuaria de internet, lo que ha ampliado el alcance tanto de la información como de los delitos digitales.
Paralelamente, la CONDUSEF ha advertido que los fraudes electrónicos, muchos de ellos originados en redes sociales que han mostrado un crecimiento sostenido en los últimos años, particularmente en esquemas de suplantación de identidad y engaños emocionales.
Detrás de estas cifras hay historias concretas. Mujeres, adultos mayores y jóvenes se han convertido en los principales blancos de estas estrategias, que combinan ingeniería social, manipulación emocional y análisis de comportamiento digital.
Según la Policía Cibernética de México, uno de los delitos más recurrentes es el fraude a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería, donde los delincuentes obtienen información personal para construir perfiles psicológicos de sus víctimas.
El modus operandi es sofisticado. A través de perfiles falsos, empresas fachada, supuestas oportunidades de inversión, juegos en línea o plataformas de citas, los delincuentes construyen confianza.
En muchos casos, logran establecer vínculos emocionales antes de solicitar transferencias económicas. La Guardia Nacional ha alertado sobre el incremento de fraudes conocidos como “romance scam”, en los que los estafadores simulan relaciones sentimentales para obtener dinero.
Incluso menores de edad han sido captados mediante dinámicas de juego o recompensas digitales, llevándolos a utilizar tarjetas bancarias sin dimensionar las consecuencias.
La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana ha señalado que estos delitos se aprovechan de la falta de supervisión digital y del desconocimiento sobre los riesgos en línea.
Sin embargo, el problema no se limita al fraude económico. Desde otra perspectiva, las redes sociales también se han convertido en herramientas de confrontación política y social.
Actores de distintos ámbitos utilizan estos espacios para difundir información sesgada, manipular narrativas y construir percepciones alejadas de la realidad.
La propia UNAM ha documentado cómo la desinformación digital influye en la opinión pública y fomenta la polarización social.
Así, lo que comenzó como una plataforma para conectar personas ha evolucionado en un entorno donde la información puede ser utilizada como arma estratégica.
La inmediatez, lejos de ser una ventaja absoluta, ha reducido los filtros de verificación y ha amplificado los efectos de la desinformación.
Hoy el desafío no es únicamente tecnológico, sino profundamente social, pues la alfabetización digital y el pensamiento crítico se han convertido en herramientas indispensables para protegernos y en un país donde millones de personas informan su realidad a través de una pantalla, la responsabilidad ya no recae solo en las plataformas o en las autoridades, sino también en cada usuario.
Porque en esta nueva arena digital, la información no solo comunica: influye, divide o construye, y al entender esa diferencia es, quizás, la única defensa real frente a un entorno donde la verdad compite todos los días contra narrativas diseñadas para manipular percepciones y generar conflicto en el ánimo de comunidades enteras.



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