El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide
Antes, la opinión de unos cuantos dominaba en grupos cerrados que controlaban el poder. Hoy, las nuevas tecnologías ofrecen una forma más real de participación social.
Sin embargo, este cambio no ha estado exento de riesgos.
Uno de ellos es la llamada infodemia: la sobreabundancia de información, veraz o no, que se intensificó durante la pandemia de COVID-19. Aquella crisis no solo fue sanitaria, sino también informativa.
La inmediatez facilitó la difusión de contenidos sin verificación, generando un manejo mediático erróneo que dificultó identificar fuentes confiables y orientaciones fidedignas.
Los rumores, la desinformación y la manipulación digital crecieron de forma acelerada. Las consecuencias fueron evidentes: desconfianza en las instituciones, miedo, pánico, prejuicios y una marcada polarización social que, en su momento, complicó la respuesta ante la emergencia.
Hoy, el cambio político es claro. Se ha transformado la forma de hacer campaña y de gobernar. La presencia en plataformas como Facebook y TikTok se ha vuelto indispensable, porque la ciudadanía quiere ver, conocer y evaluar directamente a quienes aspiran a un cargo público.
El ciudadano digital exige más: confianza, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y una trayectoria que respalde el discurso. La comunicación se ha vuelto directa, inmediata y emocional; muchas veces, con más narrativa que propuesta.
Ya no basta con aparecer en televisión o llenar auditorios.
En este nuevo contexto, cobra relevancia la construcción de una narrativa visual y cronológica: mostrar eventos, resultados, gestión y evolución personal.
Es decir, una trayectoria clara, sin improvisaciones, que conecte el pasado con el presente y permita al electorado evaluar con mayor criterio.
Además, las campañas se han comprimido. Ya no son largas, sino intensas. Un error en video puede derrumbar semanas de trabajo territorial, mientras que un mensaje bien colocado puede posicionar a un candidato en cuestión de días.
La conversación digital incluso puede marcar agenda antes que los medios tradicionales, limitados por horarios y formatos. Así, los contendientes no solo compiten entre sí, sino también entre la *percepción y la realidad*.
Las redes han introducido un elemento clave: la batalla por la narrativa. Lo que parece verdad, muchas veces pesa más que lo verificable. La viralidad ha comenzado a sustituir al análisis, y la opinión a la investigación profunda.
De ahí surgen fenómenos como las noticias falsas, campañas coordinadas con bots y estrategias de “golpeteo” disfrazadas de opinión ciudadana.
El resultado es una paradoja: hoy estamos más informados, pero también más expuestos a la manipulación.
Para concluir, las redes sociales han democratizado la política: hay más voces, pero también más ruido. El verdadero reto en esta nueva era es aprender a diferenciar entre popularidad digital y capacidad real para gobernar, resolver problemas y dar resultados.
Porque al final, un candidato puede ganar muchos “me gusta”…
pero el servicio público no se administra con reacciones, sino con resultados.












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