Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

Don Arturo Alfonso Garza Uribe nació el 23 de septiembre de 1930 en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Hijo de Don Gregorio Garza Flores, oriundo de Zapata, Texas, y de Doña Francisca Uribe Garza, nacida en San Ygnacio, Texas, su origen ya contenía, como un presagio fronterizo, esa dualidad que marcaría su vida: la del tránsito entre dos mundos, la del equilibrio entre lo práctico y lo esencial.
Su historia, sin embargo, no comienza en la comodidad de lo establecido, sino en la intemperie simbólica de un destino que se construye. En 1933, siendo apenas un niño, llegó a Matamoros junto con sus padres, su hermana mayor Vilma, su hermana menor Nilda y él mismo.
Se instalaron en una casa de la calle Cuatro, a una cuadra de la plaza principal, en aquel Matamoros donde el pavimento era aún una excepción y no una regla.
Y aquí, apreciado lector, permíteme detenerme. Porque la historia, cuando se sabe contar, tiene sus momentos fundacionales. Aquel día había llovido, Matamoros era un lodazal.
Los carros se atascaban, el paisaje era desolador, casi hostil. Doña Francisca, con esa lucidez práctica de las mujeres que saben leer el entorno sin romanticismos, le dijo a su esposo:
—Gregorio, en Nuevo Laredo no teníamos esto, si quieres, yo estoy dispuesta a regresarme.
La respuesta de Don Gregorio no fue una simple negativa. Fue una declaración de destino:
—No, mi amor. Nos vamos a quedar en Matamoros porque yo tengo interés en vivir en esta ciudad.
Hay frases que fundan ciudades invisibles. Esa fue una de ellas. Porque en ese instante, entre el lodo, la incertidumbre y la voluntad, comenzó no solo la historia de una familia, sino la gestación de un emporio que habría de impactar profundamente a Matamoros.
Don Arturo creció en ese entorno donde el trabajo no era una opción, sino una forma de vida. Su padre, Don Gregorio Garza Flores, hombre de visión práctica y audacia silenciosa, fue representante de la Lotería Nacional en Matamoros, contador de la Compañía Algodonera McFadden y, más adelante, pionero en la comercialización del gas LP.
La infancia de Don Arturo transitó entre instituciones que aún hoy resuenan en la memoria de la ciudad: el Kinder Garden de la Rosa, la primaria Josefina Menchaca, el Colegio México.
Luego, en 1940, el destino volvió a mover las piezas: la familia se trasladó a la Ciudad de México en plena Segunda Guerra Mundial.
Allí, en la escuela José Martí de la colonia Del Valle, concluyó su primaria, y posteriormente ingresó a la “Iniciación Universitaria” de la UNAM.
Todo parecía indicar que su vida tomaría rumbo en la capital.
Pero la historia, como suele suceder con los hombres destinados a construir, tenía otros planes. En 1946, con apenas 15 años, su padre lo envió de regreso a Matamoros para iniciar lo que sería una de las piedras angulares del desarrollo energético local: la venta de gas LP.
Eran los albores de Gas Ideal.
Sesudo lector, Imagínate la escena, un joven de 15 años, con más responsabilidad que certezas, participando en la operación de un camión auto tanque, abastecido desde Harlingen, Texas, estacionado en un terreno de la calle 7 e Hidalgo.
En una ciudad donde la gente aún cocinaba con leña y petróleo. Aquello en apariencia no era un negocio, era una apuesta contra la costumbre.
Y como todo visionario, Don Gregorio, su padre, entendió que no basta con ofrecer un producto, hay que crear el mercado. Vendió estufas para que el gas tuviera sentido.
Y el gas, entonces, encontró su destino.
Gas Ideal no solo creció: se expandió a Valle Hermoso, Reynosa, San Fernando y Monterrey. Pero más allá de su dimensión empresarial, fue una transformación silenciosa en la vida cotidiana de los matamorenses.
Don Arturo no solo fue testigo de ese proceso, fue protagonista. Su formación académica continuó en Brownsville, en el San José, donde cursó cuatro años tras la imposibilidad de revalidar sus estudios en México.
Vivía entre dos ciudades, entre dos idiomas, entre dos formas de ver el mundo. Y esa dualidad, lejos de fragmentarlo, lo consolidó.
Más tarde, cruzó una frontera mayor: la del conocimiento técnico. Se graduó como Ingeniero Industrial en la Universidad de Texas A&M en College Station en febrero de 1955, a los 25 años.
Un logro que, en su contexto histórico, no era menor: era la confirmación de una disciplina y una visión familiar bien encauzada. Pero aquí, la historia vuelve a girar.
Al regresar a Matamoros con su título en mano, su padre le hizo una petición que definiría su destino:
—Arturo, ahora que estás titulado, yo te necesito como mi hijo mayor en nuestra empresa.
La respuesta fue inmediata, sin titubeos, sin cálculos innecesarios:
—¡Claro, papá! Me quedo contigo aquí en Matamoros.
Ese “me quedo” no fue una renuncia, fue una elección. Y en esa elección hay una lección que hoy parece olvidada: la de entender que el éxito no siempre está en irse, sino en saber dónde quedarse.1955 fue, para Don Arturo, un año axial.
Se graduó de ingeniero indistrial, ingresó a Rotarios, contrajo matrimonio con Lyra García, el mismo día de su cumpleaños, el 23 de septiembre, y comenzó formalmente su vida empresarial.
Con Lyra formó una familia de cinco hijos: Lyra, Arturo, Jorge, Lucila y Alfredo.
Pero hablar de Don Arturo únicamente desde su biografía sería insuficiente. Porque su vida no fue una suma de eventos, sino una coherencia.
Fue gobernador de Rotarios, fundador de COPARMEX en Matamoros, miembro del consejo de City Banamex, integrante del patronato de la UAT, consejero del Banco de México en Matamoros y del Mercantil Bank en Brownsville.
Sin embargo, y esto lo afirmo con convicción, su mayor mérito no está en la lista de cargos, sino en la forma en que los habitó.
Nunca desde la arrogancia. Siempre desde la utilidad.
Yo lo conocí en mayo del 2022, en el restaurante Garcías de Don Emigdio. Y a partir de junio de ese mismo año comenzamos a reunirnos periódicamente en el restaurante Luisiana: Don Sergio Martínez Calderoní, Ernesto Parga, Don Arturo y yo.
Aquellas comidas, que se extendieron hasta el 29 de julio del 2024, no eran simples encuentros sociales. Eran, sin que lo supiéramos, lecciones de vida en voz baja.
Don Arturo hablaba poco, pero decía mucho. Sus silencios tenían estructura. Su mirada no se dispersaba. Escuchaba con una atención que hoy resulta casi subversiva.
Recuerdo su forma de tomar la servilleta, de acomodarla con precisión, como si incluso en ese gesto hubiera una ética del orden. Su rostro, marcado por los años, no transmitía desgaste, sino serenidad.
Era la serenidad de quien ha cumplido.
Había en él algo que no se puede impostar: una autoridad moral que no necesitaba imponerse. Fui privilegiado de contar con su amistad en los últimos dos años de su vida.
Y esa cercanía me permitió entender que su grandeza no estaba en lo visible, sino en lo esencial: en su prudencia, en su discreción, en su rechazo natural a la simulación.
Don Arturo no reaccionaba: accionaba. No se dejaba dominar por las circunstancias, las interpretaba. Sabía, como bien decía Montaigne, que la vida es transitoria, y por eso no se detenía en bagatelas.
La última vez que lo vi fue el 29 de julio del 2024. No hubo despedidas. Dos meses después, el 25 de septiembre, Don Arturo partió.
Pero hay hombres que no se van. Se sedimentan en la vida de quienes tuvimos la fortuna de cruzarnos con ellos. Hoy, al evocarlo, no lo recuerdo como una ausencia, sino como una presencia distinta.
Como si en cualquier momento fuera a tomar la palabra, a ajustar la servilleta, a mirar con esa mezcla de lucidez y calma que tanto lo definía.
Querido y dilecto lector, en un mundo que confunde el ruido con la importancia, Don Arturo Garza Uribe nos deja una enseñanza que no necesita estridencia: La verdadera grandeza es silenciosa.
La elegancia más alta es moral y la vida, bien vivida, no necesita explicarse. A veces pienso que hombres como él pertenecen más a una idea que a una época.
Y entonces comprendo, no se han ido. Solo han regresado a ese lugar donde la virtud no necesita ser defendida, porque es evidente.
El tiempo hablará.



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