Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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Radiografía de un modelo maquilador en agotamiento.

sábado, 11 de abril de 2026
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Querido lector, hay ciudades que no se explican por sus monumentos, sino por el ritmo de sus máquinas. Matamoros fue, y acaso aún es, una de ellas.

Pero algo se ha roto: no en el acero, no en la cadena de producción, sino en ese delicado equilibrio entre capital, trabajo y responsabilidad.

No es la primera vez. Nunca lo ha sido. Ahí están los nombres, como una letanía que se repite con la terquedad de lo no resuelto: Magnetek, Edemsa, Componentes Universales, Tridonex y Trico.

Todas bajo el mismo guion: cierre abrupto, incertidumbre jurídica, trabajadores convertidos en vigilantes de su propio pasado.

La escena es casi dantesca: obreros vigilando puertas que ya no producen, cuidando máquinas que ya no les pertenecen del todo, esperando que algún día, como si fuera un acto de fe, se vendan los activos para poder cobrarse lo que por ley les corresponde.

Pero la ley en México es como un faro que alumbra, pero no siempre guía.

Porque la Ley Federal del Trabajo es clara, clarísima, en su letra: el Artículo 434 establece que el cierre de una empresa, ya sea por quiebra, incosteabilidad o fuerza mayor, constituye una terminación colectiva de las relaciones laborales; y el Artículo 436 no deja espacio para interpretaciones barrocas: el trabajador tiene derecho a tres meses de salario como indemnización constitucional y prima de antigüedad.

Es decir, la ley no sugiere: ordena.

Pero en la realidad, esa que no cabe en los códigos, ocurre lo contrario: la empresa se va, el corporativo desaparece y al obrero se le dice, con una mezcla de cinismo y resignación: “Ahí están los activos, son suyos”.

Una frase que parece justicia, pero que en realidad es una trampa procesal, porque entonces comienza el viacrucis, demandas, firmas, avalúos, juicios interminables y años para vender un tornillo.

Preguntémosle a EDEMSA.

Y aquí es donde la ley se vuelve bizantina: existe, pero no resuelve. Porque la empresa tiene 45 días para responder, pero si ya no existe, ¿a quién se le exige? y entonces, como en toda tragedia moderna, las pulgas y los platos rotos terminan sobre el mismo cuerpo, el obrero.

Y, sin embargo, sería simplista quedarnos en la indignación, porque este fenómeno no es solo jurídico es estructural.

El colapso de Tridonex y Trico no nació en Matamoros. Nació en el corazón de un corporativo, First Brands Group, una empresa que, bajo el peso de la quiebra y los señalamientos de fraude, arrastró consigo a miles de trabajadores que nunca pisaron una sala de juntas, pero que terminaron pagando sus decisiones.

Y en el centro de esa tormenta, una figura que flota entre la sospecha y la presunción de inocencia: Patrick James, a quien diversos informes describen como un empresario indo-estadounidense nacido en Malasia, quien, ante las acusaciones, ha dicho simplemente: “Not guilty”.

Dos palabras que no absuelven, pero que tampoco devuelven empleos.

Aquí surge otra pregunta dentro de la teoría de la conspiración: ¿Acaso es una revancha del corporativo en EU ante el tema del 20/32? ¿Qué tan agresivos fueron los obreros de las maquilas que cerraron con sus empresas en aquellos tiempos de Susana Prieto? ¿Así queremos que acaben?, que los grandes corporativos en el mundo que pudieran voltear a Matamoros como opción piensen que hay personas como Susana Prieto, que los van a instigar para que pongan exigencias que no se dan en otros lados como Aguascalientes, Querétaro o Apodaca.

Es cuando los involucrados deben analizar lo que se hizo en aquel entonces, repito, instigados por una Susana Prieto que ni siquiera es de Matamoros.

Hay que buscar soluciones, pero el problema es quién será el vocero para poner la fiesta en paz. En Reynosa está “BBB Industries”, una compañía de manufactura automotriz que dice apoyar el crecimiento laboral de jóvenes y grandes en México y que está en pleno crecimiento.

Una solución viable es invitarlo a venirse a Matamoros con las mismas condiciones que se le dan en Reynosa. Hay que gestionar con el Gobierno del Estado para hacerles una oferta en ganga.

Por otro lado podemos inferir, sin precipitación, pero tampoco con ingenuidad, la posible existencia de una mente rectora detrás del colapso.

En ese horizonte de sospecha emerge la figura de Patrick James, CEO de First Brands Group, a quien diversos informes describen como un empresario indo-estadounidense nacido en Malasia y a quien se señala, en versiones aún no concluyentes, como presunto artífice de un desfalco al corporativo.

Pero sería cómodo culpar únicamente al extranjero. Porque también aquí, en nuestra propia casa, hay silencios que pesan: representantes legales que no advierten, gerentes que no preguntan, sindicatos que llegan tarde, autoridades que no aparecen.

Y una pregunta que se vuelve inevitable: ¿Dónde está la consecuencia? Porque en México cerrar una planta parece ser más fácil que abrir una puerta.

No hay sanción real, no hay advertencia efectiva, no hay miedo y donde no hay miedo, no hay responsabilidad.

En ese vacío se inserta la figura de Juan Villafuerte: un liderazgo que debió ser columna vertebral y terminó proyectando fragilidad en el momento más crítico.

Porque el sindicato no es protocolo: es resistencia organizada y cuando la resistencia titubea, el sistema avanza sin oposición.

Por su parte, Índex Matamoros ha transitado este episodio con una discreción que raya en lo preocupante, porque cuando la industria se tambalea, el silencio institucional no es prudencia, es ausencia.

Hay que decirlo, aunque las comparaciones sean odiosas: mientras tanto, a escasos kilómetros, Reynosa avanza, diversifica, moderniza, apuesta. Matamoros, en cambio, parece atrapado en una inercia donde el pasado industrial se confunde con presente productivo.

Sesudo lector, esto ya no es solo un problema de maquilas. Es un problema de modelo, de visión, de responsabilidad compartida, de decisiones, y omisiones, que se han venido sedimentando con la pátina del tiempo.

Porque cuando una empresa se va sin pagar, no solo viola la ley, fractura la confianza y la pregunta final no es jurídica, es histórica: ¿Vamos a seguir permitiendo que cerrar una planta en México sea un acto sin consecuencias? ¿O vamos a construir, por fin, un entorno donde la ley deje de ser decorativa y se convierta en límite? (Legisladores y legisladoras, tienen la palabra).

Querido y dilecto lector, si no hacemos nada, ayer fue Tridonex, hoy fue Trico, mañana serán veinte más. Y entonces Matamoros no será recordado por su fuerza laboral, sino por el eco frío y persistente de sus naves vacías.

El tiempo hablará.

 

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