Cuando la belleza brota en calles, parques y jardines del mundo, los aventureros salen a llenarse los ojos con coloridas postales.
Poco a poco, los habitantes de algunos rincones del mundo han empezado a guardar los pesados abrigos para sacar atuendos más ligeros y, con cámara o celular en mano, salen a las calles, jardines y parques, para atrapar en varias imágenes la explosión de la colorida primavera.
Es durante esta jubilosa estación del año que varios rincones de nuestro País florecen convirtiéndose en lienzos vivos. Algunas colinas, cañones y senderos de Baja California, por ejemplo, se cubren de pinceladas silvestres.
Para deleitarse con la belleza -casi impresionista- de este destino vale la pena seguir la Ruta de las Flores, que además de caminatas entre aromáticos senderos y un ramillete de destinos como La Misión, el Cañón Histórico Rosarito, el Cañón Los Alisos, el Cañón El Descanso y el Cañón el Médano, entre otros que ofrecen una belleza casi cinematográfica.
Algunas poblaciones como la Ciudad de México e Ixtapan de la Sal presumen un ropaje jacarandoso, gracias al florecimiento de las de las jacarandas (Jacaranda mimosifolia).
Por su parte las flores rojas del flamboyán (Royal poinciana) "incendian" con su presencia tanto a Mérida como a otros recovecos yucatecos y, vestidos de un envidiable amarillo, los árboles Primavera (Tabebuia donnell-smithii) iluminan a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y a Guadalajara, Jalisco.
Otro colorido edén son los Jardines de México que, ubicados en el estado de Morelos -a la altura del kilómetro 129 de la Autopista México-Acapulco, ofrecen spots ideales para tomar fotos primaverales y regalarse, como dirían en el argot deportivo, un tiempo fuera.
Especialistas en esto último, que tiene que ver con desconectar del estrés para conectar con la naturaleza son los japoneses, quienes realizan una hermosa y sentida celebración en honor a los cerezos en flor o sakura (Prunus serrulata).
La tradición del hanami -cuyo significado es la contemplación de flores- enaltece la filosofía del wabi-sabi que rinde honor a lo imperfecto, a lo efímero y al gozo de los diminutos detalles de la naturaleza.
Para vivir esta experiencia como un local sitios de hospedaje como Four Seasons Hotel Tokio at Otemachi o el de Kyoto organizan paseos y almuerzos bajos las floridas ramas.
Cabe decir que el hanami también está presente en el arte, la literatura y la gastronomía japonesa.
Afortunadamente esa hermosa floración en tonos rosas y blancos halla eco en la capital estadounidense, debido a que en 1912, quien fuera alcalde de Tokio regaló tres mil cerezos a Washington DC.
En la actualidad, esta urbe celebra el Festival Nacional de los Cerezos en Flor. Los festejos, que este año tendrán lugar del 20 de marzo al 13 de abril.
Lugareños y visitantes admiran la belleza de estos ejemplares en torno al Parque Potomac, Tidal Bassin, el Jefferson Memorial o el Monumento a Washington, entre otros spots.
Otros rincones en Estados Unidos como Anza-Borrego Desert State Park o The Flower Fields at Carlsbad Ranch, ambos en California regalan primaverales estampas.
Por último, los campos de tulipanes en los Países Bajos tienen un gran motivo para practicar el llamado turismo rural en el que es considerado como uno de los jardines florales más atractivos del mundo: Keukenhof, el también llamado Jardín de Europa está en Lisse, cerca de Ámsterdam, y durante el breve tiempo que permanece abierto (del 19 de marzo al 10 de mayo son las fechas de este año) recibe a los admiradores el icónico tulipán.
MÁS INSPIRACIÓN
¿Sabías que el 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques. Además de tomar conciencia sobre su cuidado y preservación, la celebración también puede motivar a unirse a una práctica japonesa llamada Shinrin-Yoku.
La expresión, que significa "Baño de bosque", es una técnica que fue implementada en los años 80 por la Agencia Forestal y el sistema de salud de Japón, con el fin de reducir los altos índices de estrés entre la población.
En la actualidad los entusiastas del turismo de bienestar la utilizan para caminar por un bosque -tomando plena conciencia de hacerlo- descalzos, sin prisas y detectando con cada respiro y parte del cuerpo los aromas, texturas y sonidos que regala la Madre Naturaleza.
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