El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide

Este no debe ser visto como espectáculo ni como simulación, sino como un ejercicio democrático obligatorio. Es momento de dejar de considerarlo una opción y convertirlo en una exigencia legal y ética, necesaria para la sanidad de la política, la objetividad y, sobre todo, para conocer el perfil de quienes aspiran a representar a la ciudadanía en estados y municipios.
La obligatoriedad de los debates envía un mensaje claro: toda persona que aspire a un cargo público debe estar dispuesta a ser cuestionada.
Implica demostrar preparación, capacidad y visión para desempeñarse como servidor público. Hablar de una democracia madura significa entender que gobernar ya sea desde una presidencia municipal, una diputación o cualquier otro cargo conlleva tomar decisiones complejas, defender posturas y enfrentar críticas.
Quien no está dispuesto a hacerlo en campaña, difícilmente lo hará en el ejercicio del poder.
Hacer obligatorios los debates no es un capricho, es una necesidad. Permite garantizar equidad entre las y los aspirantes, sin importar su nivel de popularidad o recursos.
Todos cuentan con el mismo espacio para exponer ideas, demostrar coherencia y presentar proyectos viables. Con ello, se rompe la lógica de campañas basadas únicamente en dinero, propaganda, recomendaciones o posicionamiento mediático.
En segundo lugar, los debates elevan el nivel de la discusión pública. Un formato bien estructurado obliga a los participantes a ir más allá del discurso vacío o meramente protocolario.
Los confronta con datos, propuestas concretas y la necesidad de responder en tiempo real a cuestionamientos incómodos pero necesarios, aquellos que realmente importan a la ciudadanía.
Es en ese momento donde se distingue la preparación del improvisado.
En tercer lugar, fortalecen al ciudadano. Hoy, el votante ya no es un receptor pasivo de eslóganes; es un observador crítico que exige resultados y soluciones reales.
El debate le permite comparar, contrastar y tomar decisiones más informadas. En un contexto donde abunda la desinformación y proliferan campañas negras que distorsionan la realidad o buscan generar miedo, el debate se mantiene como uno de los pocos espacios donde las ideas se enfrentan directamente.
Además, los debates obligatorios fomentan la rendición de cuentas anticipada. Lo que una candidata o candidato expresa frente a las cámaras queda registrado, puede analizarse y, con el tiempo, exigirse.
Se convierte en un compromiso público, no en una promesa ambigua de campaña.
Sin embargo, para que esta medida funcione, se requiere seriedad institucional. Es indispensable diseñar formatos dinámicos y contar con moderadores capaces de conducir el diálogo con imparcialidad.
No se trata de cumplir un requisito, sino de construir un verdadero ejercicio democrático.
La política no puede seguir siendo un monólogo disfrazado de campaña. Necesita confrontación de ideas, contraste de visiones y transparencia en el discurso.
Si bien los debates no resolverán por sí solos la crisis de credibilidad, sí pueden marcar un punto de partida.
Estoy convencida de que el debate debe consolidarse como un instrumento esencial de valoración y juicio ciudadano: un espacio donde la sociedad pueda ver, escuchar y cuestionar a quienes buscan una posición de representación y quien dirigirá mejorar su ciudad, comunidad, sectores en base a las necesidades urgentes, y donde también se analice con responsabilidad quién realmente tiene el mérito para ser electo, no solo por lo que promete, sino por lo que demuestra, capacidad, trayectoria en el servicio público y preparación profesional, que le permita tomar decisiones fundamentadas y consensadas en donde el beneficio sea multiplicador e incluyente.



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