Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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Reynosa: 277 años donde la historia todavía respira.

jueves, 19 de marzo de 2026
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Querido lector, hay números que exigen paciencia cuando se pronuncian. Si uno quisiera decirlo con exactitud académica, tendría que hablar del Ducentésimo Septuagésimo Séptimo aniversario de Reynosa.

Y entonces el lector, como suele ocurrir con los números demasiado solemnes, se quedaría un instante tratando de descifrar la cifra. Pero si abandonamos la solemnidad del ordinal y acudimos a la claridad de los números cardinales, todo se vuelve sencillo: Reynosa cumplió 277 años.

Dicho así, la cifra deja de ser una abstracción aritmética y se convierte en una biografía colectiva. Porque 277 años no son solamente un número: son generaciones enteras que han ido sedimentando su memoria sobre esta tierra fronteriza, como capas de historia que el tiempo va acomodando con paciencia.

Y fue precisamente esa memoria la que se convocó ayer sábado 14 de marzo, cuando autoridades, ciudadanos, académicos, líderes religiosos y representantes de distintos sectores se reunieron para recordar el nacimiento de la antigua Villa de Nuestra Señora de Guadalupe de Reynosa.

Muy sesudo lector, la historia de Reynosa comienza en 1749, dentro del ambicioso proyecto colonizador del Nuevo Santander impulsado por José de Escandón, aquel visionario que comprendió que el norte del virreinato no podía seguir siendo únicamente un territorio de paso.

Entre los primeros pobladores que levantaron la villa aparece el nombre del capitán Carlos Cantú, uno de aquellos hombres que decidieron fundar una comunidad donde antes sólo había horizonte, no debió ser fácil.

Con un poco de espíritu de niño, imaginemos por un momento la escena: el viento del norte golpeando las llanuras, el Río Bravo marcando el límite de lo desconocido y un puñado de familias levantando casas, capillas y caminos con la obstinación de quienes creen que el futuro se construye con paciencia, así nacen las ciudades, no por decreto, sino por voluntad humana.

La ceremonia conmemorativa tuvo lugar frente al Monumento de la Fundación, donde una ofrenda floral se colocó al pie de la figura que recuerda a los fundadores.

Bajo el cielo limpio de marzo, el acto cívico adquirió una atmósfera casi ritual. El Ejército Mexicano participó en el izamiento del lábaro patrio, mientras los asistentes, con la mano sobre el pecho, repetían ese gesto silencioso que une generaciones enteras bajo la misma bandera.

En ese momento ocurrió algo curioso que las fotografías apenas alcanzan a insinuar: los siglos parecían superponerse. Porque mientras el himno resonaba en el aire, uno podía imaginar, si afinaba la imaginación, a aquellos primeros colonos del siglo XVIII observando desde alguna esquina invisible del tiempo.

Las ciudades tienen esa extraña cualidad: el pasado nunca termina de irse, como sucede con los buenos amores.

En el acto conmemorativo de ayer sábado estuvo presente el alcalde Carlos Peña Ortiz, acompañado por su esposa Alejandra Yelitza Garza, presidenta del Voluntariado del Sistema DIF Reynosa.

También participó el senador José Ramón Gómez Leal, así como diversas autoridades y representantes de la vida pública regional.

Entre ellos: el biólogo Ramiro Cortez Barrera, alcalde de Miguel Alemán; el diputado local Juan Carlos Zertuche; el ingeniero César Nacienceno López, director regional de operaciones de la Secretaría General de Gobierno Reynosa-Matamoros, quien acudió en representación del gobernador Américo Villarreal.

Carlos Peña fue muy inclusivo en el festejo pues con esta ceremonia reunió además a figuras del ámbito académico, cultural y religioso como el Dr. Octavio Herrera Pérez, el profesor José Hiram Rodríguez Limón, el padre René Javier Huerta Mendoza, el pastor Homero Charles Castillo, el antropólogo Martín Salinas Rivera y Marisol Morones Cardoza, entre otros asistentes que forman parte del tejido intelectual y social de la ciudad.

Me quedé con la impresión de que no se trataba solamente de un acto protocolario, era, más bien, una conversación entre el pasado y el presente, una ciudad construida con granitos de arena.

Durante su mensaje, el alcalde recordó una frase que resume el espíritu de la ciudad: “Reynosa, la ciudad grande, gloriosa y generosa.” No es una exageración retórica, Reynosa se ha construido, literalmente, con millones de pequeños esfuerzos cotidianos, cada trabajador que cruza la ciudad antes del amanecer rumbo a la maquiladora, cada comerciante que levanta su cortina metálica al comenzar el día, cada familia que ha llegado desde otros lugares buscando oportunidades, todos han aportado, como suele decirse, su granito de arena.

Y es precisamente esa acumulación silenciosa la que ha permitido que hoy Reynosa sea una de las ciudades más dinámicas de la frontera norte.

Industria, comercio, movilidad social, tres palabras que resumen buena parte de su historia contemporánea.

Después de la ceremonia cívica, el ambiente se transformó. Bajo una gran carpa que filtraba la luz del sol fronterizo, la conmemoración continuó con un encuentro ciudadano donde se compartieron alimentos, conversaciones y música.

Las mesas largas, adornadas con flores de colores intensos, reunieron a representantes de distintos sectores de la ciudad. Un grupo musical interpretaba melodías mientras el público conversaba animadamente.

En el escenario, el enorme número 277 dominaba la escena como recordatorio de que las ciudades, igual que las personas, también celebran sus aniversarios.

Pero con una diferencia fundamental, las personas cumplen años, las ciudades acumulan historia, la memoria que sigue creciendo. Reynosa nació como una pequeña villa colonial levantada a la orilla del río, hoy es una metrópoli fronteriza que conecta economías, culturas y generaciones.

Y sin embargo, pese a todo ese crecimiento, algo permanece intacto: el carácter de su gente. Una mezcla de determinación norteña, espíritu trabajador y resiliencia fronteriza.

Quizá por eso, mientras la celebración avanzaba y el sol comenzaba a inclinarse sobre la ciudad, resultaba inevitable pensar que aquellos fundadores de 1749, Carlos Cantú y sus contemporáneos, no imaginaron del todo lo que estaban comenzando.

Pero sí sabían algo esencial: que las ciudades verdaderas no se levantan de golpe. Se construyen día tras día, esfuerzo tras esfuerzo, generación tras generación.

Querido y dilecto lector, perdón que hoy me brote el romántico que me habita, debo decir que Reynosa llegó a sus 277 años, no como un número más en el calendario, sino como una historia que sigue escribiéndose.

El tiempo hablará.

 

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