Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

Más digital. Más impune. Se llama anonimato selectivo: el arte de acusar sin firmar, de difamar sin rostro, de lanzar la piedra y esconder la mano detrás de un perfil sin biografía.
Vivimos una época curiosa. Nunca fue tan sencillo hablar y nunca fue tan difícil sostener lo dicho. Una página, sin nombre propio, sin responsable editorial, sin dirección física, sin siquiera el mínimo pudor de identificarse, decide acusar.
Publica insinuaciones. Siembra sospechas. Y después se repliega al silencio como si la sombra fuese virtud y no síntoma.
El anonimato tiene usos nobles: proteger al denunciante frente al poder real, resguardar al vulnerable frente al abusivo. Pero cuando se utiliza para golpear a quien sí firma, sí da la cara, sí construye trayectoria pública durante algunos años , deja de ser escudo y se convierte en arma arrojadiza.
En el periodismo, ese oficio que he ejercido al rodar de los años existe una regla antigua y sencilla: la palabra compromete. El nombre respalda.
La firma responde. Lo contrario no es valentía, es comodidad. Y la comodidad moral es prima hermana de la irresponsabilidad.
No me inquieta la crítica. La crítica fortalece. No me incomoda el disenso. El disenso oxigena. Lo que resulta inquietante es la calumnia sin autor.
Porque cuando no hay rostro, no hay réplica posible. Cuando no hay identidad, no hay responsabilidad. Cuando no hay firma, no hay honor que defender ni reputación que arriesgar.
El anonimato sistemático crea una atmósfera tóxica: convierte la sospecha en entretenimiento y la insinuación en espectáculo.
Y entonces cualquiera puede convertirse en juez, fiscal y verdugo con un teclado como única investidura.
Sesudo lector, hay algo profundamente bizantino en esta dinámica: laberintos de acusaciones que no conducen a la verdad, sino a la confusión deliberada.
Es el boato inane del rumor elevado a categoría de noticia. Mucho ruido. Cero sustancia. Si alguien tiene una denuncia real, que la presente. Si alguien posee pruebas, que las exhiba.
Si alguien cree tener razón, que la firme. Porque el valor no consiste en gritar desde la oscuridad, sino en sostener la palabra bajo la luz.
No es un asunto personal, aunque lo parezca; es un asunto civilizatorio. La conversación pública se degrada cuando normalizamos el linchamiento sin identidad.
El espacio digital no puede convertirse en una plaza medieval donde las máscaras sustituyan a los argumentos. A quien administra esa página le digo, sin estridencias: el anonimato no es escudo moral.
Es, en este caso, refugio táctico. Y la historia, esa vieja maestra áspera y contradictoria, suele ser implacable con quienes confunden sombra con autoridad.
Creo que en Matamoros, la gente de bien sabe el origen de esas acusaciones, llevan el sello de la casa de origen.
Querido y dilecto lector, no temo a la crítica. Temo a la degradación del debate. No me preocupa la discrepancia. Me preocupa la cobardía disfrazada de denuncia.
Porque cuando la piedra se lanza sin nombre, lo que queda al descubierto no es la supuesta culpa del acusado sino la fragilidad del acusador. Y en esa fragilidad, créame, no hay grandeza.
Hay apenas eco.
El tiempo hablará.



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