Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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Carta a Omar García Harfuch

martes, 10 de febrero de 2026
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Estimado Omar García Harfuch:

Tuve la oportunidad de leer su mensaje en “X”, la plataforma de Elon Musk, y lo digo sin rodeos: verdaderamente admiro su trabajo. No solo por lo que comunica, sino, sobre todo, por lo que ese mensaje implica.

En un país donde tantas palabras oficiales se diluyen antes de tocar tierra, el suyo tuvo la virtud de la precisión y, algo aún más raro, de la consecuencia.

Hay un detalle de su mensaje que no pasó inadvertido y que, por su carga simbólica, merece una pausa: el alcalde detenido en Tequila, Jalisco, señalado por prácticas de extorsión, se llama Diego Rivera, es un jovencito alcalde de 39 años.

El nombre resuena. Es imposible no escuchar el eco del gran Diego Rivera, aquel pintor mexicano que convirtió los muros públicos en libros abiertos de historia, política e identidad; que entendió el espacio común como un lienzo de dignidad colectiva y no como peaje clandestino.

Ironías de la vida pública: mientras uno elevó el muro para educar al pueblo, otro terminó reducido por haberlo usado, presuntamente, como frontera informal de cobro.

El contraste no es literario; es moral.

No es frecuente que expresiones como operativo coordinado o denuncias ciudadanas no suenen a retórica burocrática. Por eso su mensaje tuvo algo de campanada moral: recordó que el Estado, cuando decide actuar, sabe perfectamente dónde poner la mano y cuándo hacerlo.

En la ciudad de Tequila están de fiesta por haberles quitado a un jovencito alcalde que los había decepcionado y que solo vivía en la banalidad y que se venía desenvolviendo con una ontogenia muy silvestre y muy limitada, su frivolidad lo proyectaba como un invertebrado psíquico, es decir: una mente sin estructura, sin conciencia, sin voluntad propia.

Un organismo sin columna moral ni intelectual que lo llevaron a ser un alcalde extorsionador de sus comercios.

La Operación Enjambre, nombre exacto, casi entomológico, no cayó del cielo. Llegó después de que alguien habló, de que alguien se atrevió a decir lo que en muchos municipios se susurra con miedo, se paga con resignación y se normaliza con cinismo.

Llegó, además, con una cualidad poco habitual en la política mexicana: continuidad entre el dicho y el hecho.

En “X” usted no escribió un poema. Escribió un parte oficial. Y, sin embargo, entre líneas muchos leímos algo más profundo: que el poder local no es feudo; que el ayuntamiento no es coto privado; que la administración pública no es una ventanilla paralela donde el ciudadano debe dejar algo “para que el trámite camine”.

Ojala pueda percatarse de todos aquellos municipios, no importa cuáles, el mapa es amplio, donde el contribuyente ya no distingue entre impuesto y tributo informal; donde la factura no se imprime, pero se cobra; donde la recaudación no siempre entra a la tesorería, sino a la costumbre.

Lugares donde el abuso no necesita decreto porque se ha vuelto ritual cotidiano. Nadie lo escribe en los reglamentos, pero todos saben cómo funciona.

Por eso, Señor Omar, su mensaje incomodó. Porque recordó una máxima que muchos repiten de memoria y pocos ejercen con el cuerpo entero: no mentir, no robar y no traicionar.

Tres verbos sencillos que, en ciertas geografías municipales, parecen más consigna ornamental que principio rector.

No se trata de pedir milagros, Secretario. Se trata de expresar un anhelo cívico, casi modesto: que el mismo rigor que hoy alcanza a unos, mañana no se detenga en fronteras políticas ni en pactos tácitos; que la lupa no sea selectiva; que la ley no tenga excepciones geográficas ni amistades discretas.

Que el Enjambre no sea una postal aislada, sino un método. Que la coordinación no sea episodio, sino hábito. Que la denuncia ciudadana no termine jamás convertida en anécdota burocrática.

Porque cuando usted actúa, incluso sin estridencias, envía un mensaje nítido a todos aquellos municipios que incomodan a sus comercios y confunden gobierno con peaje: que el miedo no gobierna; que la costumbre no legitima el abuso; que ningún municipio, por pequeño o lejano que parezca, está fuera del radar de la legalidad.

Y que los alcaldes que aún practican esa fea costumbre en otras latitudes entiendan el viejo refrán que nunca pierde vigencia: cuando vean las barbas de su vecino cortar, más vale que pongan las suyas a remojar.

Señor Secretario García Harfuch, esta carta no es una exigencia. Es un reconocimiento a su persona. Y también una esperanza. La esperanza, tan escasa últimamente, de que algún día todos los ayuntamientos del país recuerden que gobernar no es cobrar, que administrar no es extorsionar y que representar no es servirse del cargo.

Usted ya dio una señal. En Matamoros esperamos que no sea la última.

El tiempo hablará.

 

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