El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide
La acumulación de residuos sólidos en predios, calles, avenidas y espacios públicos —chatarra, fierro viejo, llantas, vehículos abandonados, muebles de desecho y depósitos clandestinos— no es un fenómeno aislado, sino una conducta normalizada que impacta de manera directa en la imagen urbana, la salud pública, el medio ambiente y la cultura cívica.
El problema no radica únicamente en la ausencia de sanciones, sino en la debilidad de un enfoque integral que articule legislación, atribuciones gubernamentales conjuntas y corresponsabilidad social.
Durante años, estas malas prácticas han dañado la infraestructura urbana, colapsado sistemas de drenaje y acelerado el deterioro de calles y banquetas, obligando al uso de recursos extraordinarios para reparaciones que pudieron evitarse.
Todo ello es reflejo de una negación cultural del cuidado ambiental, visible en el vertido indiscriminado de aceites, líquidos corrosivos, llantas y desechos domésticos en desagües y coladeras.
Frente a este escenario, el cambio debe construirse desde múltiples frentes, comenzando por el ámbito educativo. Vincular la formación académica con la solución de problemas reales permitiría que jóvenes profesionistas desarrollen, como parte de su formación, proyectos piloto de reciclaje, manejo responsable de residuos y urbanización sostenible.
La experiencia demuestra que estos proyectos generan soluciones viables, fortalecen la conciencia comunitaria y producen cambios de fondo más duraderos que las campañas informativas tradicionales, aunque hasta ahora han sido poco aprovechados como motores de innovación y emprendimiento social.
A la par, resulta indispensable establecer campañas permanentes de educación ambiental acompañadas de prevención, vigilancia y un marco sancionatorio claro.
Las multas por malas prácticas ambientales, respaldadas por mecanismos de denuncia ciudadana con evidencia documentada, no deben entenderse como castigos recaudatorios, sino como instrumentos de reparación colectiva.
Su correcta aplicación y el manejo transparente de los recursos permitirían reinvertirlos en mejoras de infraestructura y fortalecer la confianza ciudadana mediante la rendición de cuentas en plataformas oficiales de transparencia.
La percepción social apunta a que una política ambiental firme, legítima y sostenida puede alinear conductas individuales con objetivos colectivos.
Asumir responsabilidades desde cada ámbito —ciudadanía, gobierno y marco legal— es indispensable para frenar el deterioro ecológico y contribuir a los compromisos establecidos por México en la Agenda 2030, particularmente en la lucha contra el cambio climático.
Las afectaciones ambientales que hoy se observan son, en realidad, un reflejo de fallas estructurales en la educación cívica, la gestión pública y la conciencia ciudadana.
Esto se acentúa en ciudades fronterizas, donde la falta de arraigo social profundiza la indiferencia hacia el entorno, pese a que estas comunidades han brindado trabajo, sustento y oportunidades de vida a miles de personas.
De ahí la urgencia de un cambio estructural integral, respaldado por todos los actores involucrados, que coloque al medio ambiente como un eje central del desarrollo y no como un asunto secundario.













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