El Quinto Elemento
"La esencia crítica de nuestra realidad"
Angélica María Arredondo Arrambide
En los últimos meses, la presión derivada de la imposibilidad de cumplir con las entregas pactadas en el Tratado de Aguas de 1944 entre México y Estados Unidos a detonado en choque público: desde Washington se han alzado advertencias y amenazas que incluyen aranceles, mientras en la región norte de México se multiplican las señales de estrés entre presas, distritos de riego y poblaciones urbanas y muy bajo nivel del Río Bravo en el lado Mexicano.
En Tamaulipas, la discusión pone al foco a embalses como la Presa Marte R. Gómez y la Presa Falcón (con influencia del complejo Amistad–Falcón que regula parte del caudal transfronterizo).
Autoridades estatales han sido claras en su prioridad: garantizar el abasto humano y la operación agrícola local antes de destinar volúmenes al cumplimiento de compromisos binacionales que, en la práctica, han resultado muy difíciles de honrar ante sequías prolongadas y bajos niveles de almacenamiento.
El propio gobierno estatal ordenó un estudio técnico de la cuenca del Río Bravo para cuantificar disponibilidad y riesgos, en coordinación con la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA).
CONAGUA, por su parte, ha intentado modular el discurso: aseguró en comunicados que el abasto urbano en las ciudades fronterizas no está comprometido y destacó que las lluvias recientes han ayudado a mejorar niveles en algunas presas; sin embargo, expertos y análisis hidrológicos advierten que la autoridad federal no cuenta con la capacidad operativa suficiente para liberar, de forma inmediata y en los volúmenes exigidos desde el otro lado de la frontera, grandes cantidades de agua sin poner en riesgo a los usuarios mexicanos, traducido en términos reales que cumplir con la demanda externa podría agravar la escasez local.
El episodio escaló cuando el gobierno de Estados Unidos elevó el tono: la Casa Blanca, y en particular mensajes públicos del presidente estadounidense, exigieron entregas adicionales y advirtieron consecuencias económicas (entre ellas la imposición de aranceles) si México no libera cierto volumen antes de fechas límites.
Esa presión generó respuestas de carácter técnico y político en México: desde mesas técnicas bilaterales para revisar el calendario de entregas hasta decisiones tácticas locales, como la pausa o la limitación de trasvases desde ciertos embalses para priorizar riego y consumo humano.
¿Cuáles serían las implicaciones en las ciudades de frontera? Primero, mayor incertidumbre en el suministro urbano y agrícola: distritos de riego clave en Tamaulipas deberían recibir agua para asegurar cultivos y empleo y ante esta crisis alarmante habría afectaciones en distintos rubros productivos, así como la incertidumbre en el panorama hídrico en la planeación a corto, mediano y largo plazo donde los ciudadanos puedan acceder al vital líquido.
Lo que es una realidad urgente es la configuración de estrategias inmediatas y destinar inversión para la captación y retención de aguas de lluvia con la construcción de infraestructura para atender esta situación que pesa en todos los sentidos y afecta no solo lo productivo, sino lo social, político y desarrollo económico y comercial a gran escala.
Existen algunas soluciones posibles ofrecidas por autoridades y especialistas que consisten en acuerdos técnicos binacionales con calendarios y compensaciones reales que contemplen sequías extraordinarias; en segundo término transferencia y modernización de infraestructura para reducir pérdidas y mejorar almacenamiento regional (incluyendo trasvases internos cuando sean viables); y en tercer término la realización de políticas públicas efectivas orientadas a conservación y uso eficiente desde tarifa y monitoreo, hasta programas de riego por goteo y restauración de cuencas, para disminuir la vulnerabilidad estructural de la zona.
El reto es que muchas de estas medidas exigen tiempo, inversión y voluntad de todas las partes involucradas en los tres niveles.
La crisis tiene, además, un componente geopolítico: el agua fronteriza no es sólo un recurso físico sino un elemento de dependencia y negociación entre vecinos.
Si la gestión se limita a respuestas coyunturales con presiones públicas y amenazas económicas, se corre el riesgo de que la agenda hídrica se degrade a intercambios de urgencia.
Para Tamaulipas y el norte de México, la apuesta debe ser clara: priorizar primero a la población y al campo, construir resiliencia y exigir, en las mesas bilaterales, arreglos que reconozcan los límites físicos de las cuencas en tiempos de cambio climático según expertos.
La franja fronteriza está en una encrucijada. Las presas y el Río Bravo siguen siendo piezas clave de una relación que necesita técnica, equilibrio y responsabilidad compartida sociedad, gobierno y sectores, en donde a ello se le suma el cuidado y uso eficiente del agua, su reuso, almacenamiento y distribución, así como infraestructura de calidad, estudios factibles, pero sobre todo el trabajo conjunto, para óptimos resultados,














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