El Quinto Elemento

"La esencia crítica de nuestra realidad"

Angélica María Arredondo Arrambide

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“Cómo aprendimos a seguir: una reflexión postpandemia”

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La vida después del encierro, cosas que vemos y no decimos
jueves, 4 de diciembre de 2025
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Después de enfrentar una pandemia que duró varios años desde el 2019, donde no solo se comprometió nuestra salud física, sino mental, emocional y la manera de relacionarnos, obligados por una emergencia sanitaria que no solo cambió reglas de salud, sino de comportamiento, rutinas al cerrarse puertas de casas, oficinas y escuelas, sus efectos se siguen manifestando en millones de individuos alrededor del mundo.

Una transformación profunda se gestó como consecuencia ante el temor de enfermar, contagiar y morir, una alteración social y de tejido emocional por el cambio repentino en la manera de trabajar, estudiar, relacionarnos y sentirnos.

Metamorfosis que en este 2025 lo seguimos viviendo, aunque el mundo haya abierto las puertas.

Laboralmente se gestó una sociedad agotada donde se reconfiguró la nueva modalidad del trabajo híbrido que tras una aparente libertad, resquebrajó los límites entre la vida personal y profesional, donde la hiperconectividad era el patrón a seguir y el estrés digital se volvió cotidiano, siendo una carga silenciosa que debilitó las relaciones laborales al convivir menos de manera presencial, fragilizando lo emocional y perdiendo el sentido de pertenencia.

Un ambiente laboral mas individualista o de grupos pequeños no incluyentes en centros de trabajo, lo que se veía como un compromiso hoy es un desgaste donde se exige un ambiente humano, en el desarrollo profesional la ambición sana cambió de rumbo.

Se dio un regreso físico sobre el replanteo de prioridades de miles de trabajadores en donde muchos no han recuperado su estabilidad mental.

A pesar del regreso físico a los centros de trabajo, muchos no han recuperado su estabilidad mental. Lo que antes se asumía como “compromiso” hoy se reconoce como desgaste, y lo que antes era un salario digno ahora exige también un ambiente humano.

La pandemia enseñó que la vida se puede detener de manera abrupta y con ello surge la búsqueda profunda de a estabilidad emocional, el propósito buscar entornos libres de abuso laboral con ritmos de trabajo sostenibles, en donde un asenso o el prestigio ya no son suficientes, si el precio que hay que pagar es la ansiedad constante.

El terreno estudiantil también quedó marcado y sufre sus efectos en adolescentes y universitarios, ya el aprendizaje virtual fue más que una adaptación tecnológica; representó una ruptura en sus procesos cognitivos y emocionales, surgiendo dificultades para concentrarse, aumento de ansiedad y el miedo a la interacción social presencial aún persisten.

La educación se convirtió en un reto emocional tanto como académico. La pandemia sembró en los jóvenes una sensación de incertidumbre que aún no termina de resolverse, en donde viven enfrascados en las redes con comportamientos obsesivos compulsivos, perdiendo la noción del tiempo conectados con graves afectaciones en sus horarios de sueño, alimentación, rompiendo la barrera de la libertad de sus derechos y obligaciones en casa y escolares.

En las familias, las dinámicas cambiaron de forma desigual. Algunas encontraron una oportunidad para fortalecer vínculos; otras revelaron tensiones que se ocultaban bajo la rutina.

El confinamiento obligó a convivencias intensas que destaparon conflictos guardados por años. Muchos hogares quedaron emocionalmente reacomodados: nuevas cercanías, nuevas distancias y un sentido más claro de la fragilidad humana.

La presencia física ya no garantiza presencia emocional, y eso se nota en la convivencia diaria.

Frente a este panorama, la pregunta esencial es cómo normalizar una sociedad emocionalmente alterada. La respuesta se basa en la necesidad de reconstruir ambientes laborales más humanos, impulsar políticas de salud mental accesibles, fortalecer las habilidades socioemocionales en las escuelas y promover en las familias la conversación abierta y la empatía.

La sociedad también requiere recuperar espacios comunitarios, donde la convivencia vuelva a sentirse natural y no un riesgo o una obligación.

El desafío es enorme, pero también es una oportunidad para construir un tipo de normalidad más consciente, más humana y más compasiva.

Quizá la verdadera lección de estos años es que la salud emocional es tan vital como la física, y que recuperar nuestra humanidad no es un lujo, sino una necesidad compartida.

 

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