Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

Son los llamados “Old Money”, ese linaje que no presume porque ya lo vivió todo. Gente para la que la riqueza no es un disfraz sino una segunda piel, tejida a base de generaciones que entendieron que el verdadero lujo está en la discreción, no en el estruendo.
El “Old Money” no necesita colgar logotipos en cada fotografía, ni realizar entradas triunfales como si cada paso fuera una alfombra roja improvisada.
Son los que saben que la elegancia no se compra: se hereda, se aprende, se respira. Su estilo es silencioso, casi tímido. Lleva décadas practicando la misma coreografía: menos, es más, y lo más importante jamás se grita.
Y luego están los otros.
Los que Jorge Valdano, el futbolista argentino más culto del mundo, describía con precisión quirúrgica cuando hablaba de futbolistas que de la noche a la mañana amanecen millonarios: los ricos súbitos, los emergentes, los que confunden la prosperidad con un carnaval permanente.
Son personajes que creen que la opulencia se demuestra acumulando marcas, haciendo ruido, o convirtiendo cada fin de semana en una exhibición pública de éxito recién estrenado.
Sesudo lector, estos nuevos acaudalados —que aparecen en cualquier geografía del planeta, incluso en las ciudades más modestas— suelen compartir un síndrome curioso: el del recién invitado a la fiesta.
Llegan mirando a todos de reojo, no vaya siendo que alguien note que no saben bailar el vals. Y para compensar, exageran cada gesto: el auto más ruidoso, la ropa más llamativa, la foto más impostada, las compras más visibles, los viajes más estridentes.
En contraste, el “Old Money” entra a la misma fiesta con la serenidad de quien sabe que no necesita demostrar nada. No compite. No presume. No grita.
Los otros, en cambio, suelen confundir estatus con volumen, clase con compras, valor con costo.
A veces uno los observa —a unos y a otros— y piensa en esa frase que atraviesa generaciones: el dinero compra cosas, pero nunca compra maneras.
Perdón si fui muy puntual a quién me refiero,
Porque las maneras —la educación, la mesura, la contención, el auténtico buen gusto— se forman a lo largo de años, a fuerza de ejemplo familiar, de cultura, de lecturas, de silencios.
Y sobre todo, se forman con la comprensión profunda de que la grandeza no necesita focos. Y si no naciste ahí “Acércate a los que saben y apréndeles” que no te traicione tu código postal.
Hay nuevos ricos que, sin saberlo, hablan como si se miraran en un espejo empañado: quieren verse grandes, pero la imagen que proyectan es otra. Son aquellos que creen que con un par de adquisiciones ya pertenecen al Olimpo social, sin entender que el Olimpo no está hecho de compras, sino de comportamientos.
Mientras tanto, el “Old Money” sigue ahí, siendo lo que es desde hace generaciones: gente que no fotografía la abundancia porque la abundancia no es noticia.
Y uno mira estos contrastes, tan humanos como inevitables, y recuerda la sentencia de Valdano sobre el futbolista que llega al éxito demasiado temprano: “La riqueza repentina pone a prueba el carácter; al que no lo tiene, lo delata.”
Querido y dilecto lector, en la vida pública sucede igual. Hay quienes llegan al escenario con aplomo heredado, y quienes llegan con prisa, como si temieran que el telón cayera antes de que todos los vieran.
La historia, sin embargo, es paciente: al final, siempre distingue entre quienes son y quienes sólo parecen.
El tiempo hablará.



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