Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas
Querido lector, debo confesar que sentí una agitación antigua en el pecho cuando confirmé, con fecha y hora, la cita del domingo 2 de noviembre en Matamoros.
No era una fecha cualquiera: los muertos volvían al umbral del mundo y las ciudades, como perros fieles, olían a memoria. Yo caminaba con la certeza de que me aguardaba un encuentro más grande que mi propia biografía, y que la conversación que sostendríamos iba a tener, como en los libros que sobreviven al polvo, una música de destino.
Me senté a esperarlo con la misma reverencia con la que Henry Kissinger, en sus memorias densas de protocolo y misterio, se sentó alguna vez frente a Charles de Gaulle: una ceremonia íntima del respeto.
A mí me esperaba Homero Díaz Rodríguez, y una sensación de importancia histórica me provocaba su presencia.
Homero nació en Ciudad Victoria, el 12 de abril de 1959, hijo de Homero Díaz Mota y de Raquel Rodríguez Saldívar. Mi madre me había hablado de él como un alumno excelente.
Yo pensaba que no se nace con un sello en la frente, pero hay nombres que predisponen a la grandeza. “Homero”, digo, y la palabra se abre como un abanico de epopeyas.
Su padre fue primer síndico con Don Jorge Cárdenas González en 1980, y eso explica el filo cívico de la casa; su madre, más joven que el padre por un puñado de años, aportaba la mirada silenciosa de quien sabe que en la disciplina se oculta una forma de amor.
Mi Matamoros querido, con sus calles de memoria y su polvo de provincia, le fue dando a Homero una educación de campanas, timbres y cuadernos. Aquel niño, que corría cuando sonaba el timbre del Colegio Ignacio Altamirano —porque entre su casa, en la calle Río Álamo, y la escuela no había entonces casas que interrumpieran su carrera— aprendió muy temprano que hay sonidos que nos llaman por el nombre verdadero, y que uno debe acudir a tiempo, con los cordones de la obediencia bien amarrados.
Apreciado lector, el desayuno fue en La Cancillería, yo lo escuchaba, y a ratos me parecía que el relato se contaba solo, como si un secretario del destino, invisible y bien peinado, dictara en voz baja y con caligrafía impecable las líneas que habrían de firmarse después.
Me habló de 1965 y de la Paseo de la Reforma aún sin pavimentar, de aquella grava que crujía como si fueran piedritas de reloj de arena bajo las travesuras de su infancia.
Recordó la regañina de una directora severa, y la preocupación —tan infantil, tan solemne— de preguntar a su padre, varias veces, si ya habían hablado con ella.
El mundo de las escuelas, entonces, era un mapa de honor: “las mejores primarias eran las de gobierno”, me dijo con orgullo sereno, y añadió que sus maestras eran “las compañeras inteligentes” de sus padres.
La inteligencia, en su infancia, no era un adorno: era una forma de orden.
Pasó por el Colegio Ignacio Altamirano, hasta que la escuela se cerró para él, y entonces los padres lo enviaron a la Adalberto J. Argüelles.
Con ese anzuelo de nombres —Altamirano, Argüelles— uno imagina que las letras caminaban con él, que la República le rozaba el hombro en las aceras, que el civismo estaba a la mano como el pan de la merienda.
Después llegó la Secundaria Uno, y con ella la figura de la directora, la maestra Martha Rita Prince, que apareció en su vida con la exactitud de las leyes bien escritas.
Ese año ingresó también, entre muchos, el hijo de la misma directora, Tomás Guillermo García Prince, apodado “El Pájaro”, y con él toda una bandada de nombres que serían, para Homero, constelaciones del recuerdo: Carlos Valenzuela, Celia Arredondo Soberón, Lily Reyes, Marte Villar, Javier Aguiar, Luis Garza Flores.
Yo iba anotando, con la paciencia de un escribano, y en cada nombre percibía el rastro de lo que después sería una práctica cotidiana en la notaría: dar fe de que los nombres existen y tienen peso, que no son sonidos al viento sino piedras con las que se construye una casa.
El tránsito a la preparatoria lo atravesó como a tantos jóvenes de entonces: con afanes políticos y hambre de mundo. En la Preparatoria Juan José de la Garza —esa catedral de adolescencias— se comenzó a forjar una fraternidad extraña, mezcla de logia y plantel.
Aquel tiempo fue un hervidero de planillas, discusiones y complicidades. En ese teatro de juventudes, Homero depositó su respeto en un liderazgo natural: Tomás Yarrington.
Él, me dijo, era la cabeza; él, Homero, “el operador”. De Jesús Vega también guardaba memoria: fue presidente de la sociedad de alumnos cuando a Homero le tocó el primer año.
Y la política, como suele hacerlo, fue afilando sus herramientas: lo invitaron a organizar secciones; recibió una llamada del PRI municipal a cargo de Óscar Torres de la Garza —compadre de su padre— para hacer de Homero el secretario general del movimiento juvenil; el nombramiento se esfumó como se esfuman a veces los decorados del poder cuando alguien arriba dice “no”: lo vetó Agapito González Cavazos, líder de la CTM.
Ese “no”, que a otros paraliza, a Homero le dio lecciones: entendió tempranamente que una voluntad puede más que un veto si tiene un norte.
Me habló, entonces, de un episodio contado con una serenidad que todavía me encoge el alma: “Un día por poco me balacean en el ejido 20 de Noviembre”.
Habían ido a participar en asambleas para elegir delegados, cuando la intriga de facciones, como un pájaro negro, sobrevoló el día.
Lo miraron como a enemigo, y él, que no conocía el paisaje humano de aquel ejido, sintió cómo el silencio se volvía punzante.
“Me salvó el nombre”, dijo. Se identificó, y al saber que era hijo de su padre, las aguas volvieron a su cauce de legalidad elemental.
Repartieron equitativamente los delegados. Esa frase —“me salvó el nombre”— me quedó resonando como una campana en la sien.
No era soberbia: era el reconocimiento humilde de una herencia moral. Hoy más que nunca sé que, hay apellidos que no significan riqueza ni fanfarronería: significan conducta.
No era, sin embargo, un joven que confundiera el tráfago político con el destino profesional. Como tantos hijos de su tiempo, coqueteó con la medicina porque su madre la deseaba; se asomó a la ingeniería química porque la física le hacía brillar los ojos; y en la balanza de las vocaciones, cuando llegó el segundo semestre de la prepa, decidió por sí mismo: estudiaría leyes.
El padre, que había conocido las aulas de la UNAM cuando aún llevaban el nombre de Escuela Nacional de Jurisprudencia, le puso un horizonte sin regateos: “Si vas a estudiar Derecho, que sea en la UNAM”.
Yo imagino, al oírlo, la sombra alargada de Justo Sierra cruzando lentamente un patio, y a Homero caminando detrás de esa sombra con su cuaderno en la mano.
A veces, la tradición no es nostalgia: es faro.
Pero el destino, que tiene sus costumbres, es también aficionado al humor. En 1977, cuando tocaba presentarse a las inscripciones, alguien —ya no importa si fue una secretaria distante o la mala sincronía del universo— le dio un dato cruzado.
Debía buscar un cupo en julio y él llamó en agosto. El amigo del padre, profesor de la UNAM, le dijo: “La Universidad está tomada; mejor entra a la Escuela Libre de Derecho”.
Dijo “mejor” y dijo también “más difícil”. Y yo, que conozco el rigor de esa escuela, supe que la palabra “difícil” fue en Homero una invitación, no un portazo.
La Escuela Libre no pregunta al trimestre: pregunta una vez al año, sin misericordias. Examen anual por materia: un juramento como los de antaño.
Allí estudió cinco años a fuerza de memoria, porque en Derecho —lo dijo con una claridad diamantina— “todo es memoria”.
Memoria para recitar artículos, memoria para comprender los pliegues de una sentencia, memoria para recordar que la ley es también un relato que el Estado se cuenta a sí mismo para ser mejor.
Antes de que la profesión lo nombrara notario, hubo una novatada delicada con la historia: el movimiento de “Democracia Transparente”, a nivel nacional, agitó a su generación con la promesa de internas limpias.
El hervidero tocó Matamoros y Homero, con esa vocación de orden, aprendió a entrar y salir del torbellino sin perder gravedad. En aquellos días el presidente municipal era Guillermo Guajardo; la prepa recibió una camioneta para sus actividades, y él —Homero—, desde su trinchera de estudiante, aprehendía las artes de la organización.
Un día, también, don Pancho Covarrubias quiso mandarlo, en 1980, a trabajar con Sergio Martínez en Azcapotzalco, hijo de Emilio Martínez Manautou; Homero declinó: la Libre de Derecho era demasiado exigente como para distraerse.
Esa decisión —que a otros habría parecido renuncia— fue, en su caso, un acto de fidelidad a sí mismo.
Lo imagino caminando por los pasillos de la Libre con la gravedad de los que ya entrevén su oficio. A partir del tercer año entró a trabajar en la Notaría Número 5; cuando en la Secretaría de Educación Pública ofrecieron plazas grises —“oficinas deprimentes”, dijo sin superioridad, sólo con honestidad— él permaneció en el sitio donde la ley tiene olor a papel y tinta: la notaría.
Y fue allí donde, a los 27 años, en 1986, obtuvo el título que a tantos se les concede, y a tan pocos se les entrega por oposición limpia.
En Tamaulipas, se sabe, la notaría suele ser concesión de gobernador; Homero, en cambio, compitió. En la Ciudad de México, para ser notario, no basta el deseo ni la genealogía: hace falta una patente de aspirante, un primer examen que prueba la aptitud para cruzar el umbral, y luego sentarse frente a cinco sinodales que formulan preguntas como quien pesa el oro.
Lo escuché describir aquel tribunal con un brillo en los ojos que no era vanidad, sino gratitud. “Cinco sinodales”, dijo. Yo cerré los ojos un instante y vi cinco arcángeles con togas, iluminados por lámparas de biblioteca, preguntando por las escrituras, por las nulidades, por la canonjía antigua de las hipotecas.
Respondió, me dijo, como quien lleva un viejo mapa en el pecho. Y entonces, en un raro alineamiento de astros burocráticos —porque también el universo sabe ponerse traje y corbata—, en treinta días se consumó la metamorfosis: aquel muchacho que corría a la escuela cuando sonaba el timbre se convirtió en notario.
Hay hombres a quienes la prosopopeya no les sienta: a Homero, sí. “Notario desde los 27”, repito para mí, y siento la sensación que acompaña a las vidas cuya exactitud parece milagro.
Porque el milagro, ya lo sabemos, no es violación de la naturaleza, sino su cumplimiento. Homero fue a la ley como quien vuelve a casa. Su nombre, que parecía pesado por las resonancias de la Ilíada, encontró en el protocolo notarial una épica distinta: la de nombrar, con precisión y solemnidad, los hechos que componen lo real.
A mí me conmovió esa idea de que la verdad también necesita testigos oficiales, hombres que certifiquen que el mundo ha sucedido.
Hablamos de su padre de nuevo, y contra el telón de fondo de esa vida —cívica, sobria— apareció una frase que Homero repitió con el fervor de quien pronuncia una consigna de familia: “Acércate a los que saben”.
La dijo el padre, y la siguió el hijo. Fue por eso —o por una continuidad más honda— que su hija estudió también Derecho y hoy trabaja a su lado.
Yo vi en esa imagen una parábola de continuidad: la ley no es una torre inaccesible, sino una mesa a la que se sientan, de generación en generación, las manos que sostienen el hilo del orden.
Pero no nos engañemos: el orden no excluye la aventura. En su vida hubo también viajes frecuentes a Ciudad Victoria, idas y venidas que trajeron la luz de la patria chica al escritorio de Matamoros.
“Antes de la pandemia iba mucho”, me dijo. Y en ese “mucho” entendí que no iba sólo por nostalgia; iba porque hay ciudades que nos educan para siempre, y a las que volvemos como se vuelve a la escuela para recordar la primera lección.
A veces, la patria chica es un régimen del alma.
Sesudo lector, mientras lo oía, me descubrí escribiendo mentalmente la crónica que ahora lees, como si cada episodio suyo hubiera sido colocado en la mesa para que yo lo convirtiera en metáfora.
Los profesores de cursos para el examen de admisión —aquel Jesús Ramírez, el profesor Chucho— se volvieron guardianes de umbrales; el año de 1970, cuando el examen fue suprimido, adquirió la apariencia de una broma de los dioses; la Secundaria Uno, dirigida por la maestra Martha Rita Prince, se convirtió en un teatro de iniciación donde se cruzan los hijos de la ciudad; Tomás Yarrington y Jesús Vega, nombres ya impregnados de historia, quedaron en el relato como ecos de una generación que aprendió temprano a lidiar con el cielo y el subsuelo del poder.
Y sin embargo, en Homero no hay frase de resentimiento ni aspaviento de superioridad: hay, apenas, el agua clara del que sabe de dónde viene y para qué vino.
Dirás apreciado lector que idealizo. Lo acepto: esta crónica es una apología, y no me avergüenza. A veces, en medio del ruido, conviene alzar un homenaje para recordar que la meritocracia existe, que hay hombres que compiten sin padrinos, que ganan sus exámenes a pulso y que sostienen una notaría no por fidelidad a un príncipe —el de este mundo— sino a la ley.
La oposición, ese viejo instrumento republicano, le abrió a Homero la puerta profesional, y él, a su turno, convirtió la oficina en una trinchera ética: el lugar donde los papeles testimonian actos y voluntades, donde las firmas se vuelven verbo y las fechas, carácter.
Pienso, además, en el niño corriendo por la calle Río Álamo, con el timbre del colegio llamándolo como llama la campana de una iglesia.
Ese niño —ahora lo entiendo— no corría a clase: corría a su destino. La disciplina, dijo, le gustaba; “hasta mi desorden lo hago con cierta disciplina”, agregó con una sonrisa que contenía ironía y método.
Ahí está el secreto: la disciplina no como rigidez, sino como música de fondo, como compás que permite la improvisación sin que la melodía se deshaga.
La ley, al fin, es eso: una partitura para que la vida no desafine.
Me habló de un breve equívoco —o de una fidelidad mayor— cuando la SEP ofreció aquella plaza gris; me habló de su amistad constante con Yarrington en los años de universidad; me habló de los Leal Tobías, de Alejandro, que fue Secretario de Gobierno en San Luis Potosí; me habló del día en que un alcalde regaló una camioneta a la prepa; me habló de aquel “Democracia Transparente” que pretendió oxigenar a un partido acostumbrado a respirar bajo techo.
Eran historias sueltas, y sin embargo todas cabían en un cuadro: el de un hombre que, estando en el filo de la política, supo elegir una vocación más honda: la que ordena los hechos para que los ciudadanos se reconozcan en ellos.
He de confesar que, en un momento de la charla, tuve la tentación de pedirle que me mostrara las herramientas de su oficio, como si fueran reliquias: una pluma, un sello, un libro de protocolos, esa prensa con la que la autoridad estampa la fe pública como quien pone su dedo en una tabla de salvación.
No lo hice: me bastó mirarle las manos.
Las tenía apoyadas sobre el mantel blanco del restaurante La Cancillería, con la naturalidad de quien ha firmado centenares de actos de fe.
Afuera, el rumor de la ciudad era un paréntesis; adentro, el sonido de las tazas y el discreto resplandor de las botellas daban al instante una textura de rito civil.
Frente a él, el café humeaba como si quisiera participar en la conversación.
Las manos de Homero, lector, son las manos de la ley cuando la ley es humana: sin aspavientos, con uñas cortas, con la calma de quien sabe que una firma no es una garabateada sino un acto moral.
Había en su gesto algo de serenidad antigua, como si cada dedo recordara el peso de un documento o la precisión de un juramento. La luz del mediodía, filtrada por los ventanales, hacía brillar levemente el anillo y el reloj, esos dos testigos silenciosos del tiempo que pasa y del deber que permanece.
Y entonces lo vi completo: el niño que corre, el joven que se juega el pellejo en una asamblea de ejidatarios, el estudiante que memoriza artículos como si fueran poemas y que ve en la UNAM y en la Libre no edificios, sino templos del rigor, el notario que rinde examen frente a cinco sinodales con la limpieza de un alfil que corre por su diagonal.
El padre que dice “acércate a los que saben”. La hija que escucha, aprende, firma a su lado. Ese es el círculo. Y en el centro del círculo, una frase que podría estar grabada en la madera de su escritorio: El destino también se estudia.
No me malinterpretes: no creo en fatalismos. Pero hay vidas en las que el azar parece disciplinado por una voluntad mayor. Cuando Homero me narró cómo, por un desencuentro de fechas, la UNAM se convirtió en la Libre; cuando recordó aquel curso con el profesor Chucho y la supresión repentina del examen; cuando relató cómo el apellido lo salvó de una bala y, sin embargo, no se envaneció con el apellido sino que, por el contrario, lo honró con trabajo; cuando dijo —con la serenidad de quien no necesita golpear la mesa— que la notaría la ganó por oposición; cuando todo eso se hiló frente a mí, sentí que estaba ante un hombre que le había dictado al destino, sí, pero con un susurro, con la voz colocada, sin gritar.
Porque los que gritan no dictan: apenas hacen ruido. Los que dictan, en cambio, arman la frase que otros firmarán sin saberlo.
Quizá por eso, al despedirnos aquel 2 de noviembre, tuve la impresión de que los muertos —esos oyentes atentos— se acercaron un poco a la mesa para escuchar también.
Vi al padre, discreto, apoyado en el quicio de la puerta; vi a alguna maestra de la Adalberto J. Argüelles pasar lista en silencio; escuché el timbre del Colegio Altamirano sonar desde una calle sin casas; imaginé a la maestra Martha Rita arreglando papeles; sentí a Óscar Torres de la Garza marcando un número; a Agapito diciendo “no”, y al destino corrigiendo con un “sí” de más largo aliento.
Y vi —permítaseme esta visión— a los cinco sinodales, ya fantasmas benévolos, inclinando la cabeza como se inclina la luz al atardecer sobre un escritorio.
Me quedé con la certeza de que la notaría, en su caso, no es un negocio: es un oficio. Y el oficio, cuando se ejerce con decoro, se vuelve destino.
No me atrevería a llamar “santo” a un notario —no es esa la palabra—, pero sí diría que algunos oficios, llevados con pulcritud, devuelven a la ciudad una porción de santidad cívica.
Allí donde un hombre firma con honestidad, la comunidad respira mejor.
Hoy entiendo que toda vida, querido lector, es un documento con espacios en blanco. La juventud los llena con promesas; la madurez, con actos; la vejez, con silencios.
Homero Díaz me enseñó —sin pretenderlo— que la gramática del destino se aprende como se aprenden los artículos de una ley: por memoria y por ejemplo.
Memoria para recordar de dónde vienes; ejemplo para que los que vienen detrás, cuando lean tu nombre, se salven.
Querido y dilecto lector, Honorato de Balzac, plasmó en “La Comedia Humana” que “la ley no es un frío esqueleto de normas.
Es un espejo donde las ciudades se reconocen. Cuando la pluma de la fe pública baja no sólo certifica un acto: corrige una coma del caos. Y si el destino tiene dictado, no es por capricho de los dioses, sino porque algunos hombres, con paciencia de escribano y pulso de navegante, saben dónde poner el punto”.
Estoy convencido que Homero Díaz es de esos. Y esta crónica —este humilde testimonio— no hace sino dar fe de lo evidente: que hubo, y hay, en Matamoros y en Victoria, un hombre que, sin alardes, le ha dictado al destino… y el destino, gustoso, le ha firmado.
El tiempo hablará.



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