El Quinto Elemento

"La esencia crítica de nuestra realidad"

Angélica María Arredondo Arrambide

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DE LA CRÍTICA AL AGRAVIO: EL NUEVO ROSTRO DE LA VIOLENCIA MEDIÁTICA

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- La libertad de expresión no ampara la mentira; el daño moral permanece como una responsabilidad legal y ética.
domingo, 9 de noviembre de 2025
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En estos tiempos donde la conversación pública se libra desde un teléfono, la palabra ha adquirido una fuerza inmediata: puede construir, acompañar y dar sentido, pero también puede destruir en cuestión de segundos.

Hoy cualquiera puede escribir, opinar o acusar sin verificar, sin contexto y, con frecuencia, sin responsabilidad. Basta un mensaje, una captura, una frase entrecomillada sin origen para que se dañe el nombre y la dignidad de una persona.

Se habla de libertad de expresión, y sí, es un derecho fundamental. Pero la libertad pierde su sentido cuando se utiliza para manipular, tergiversar o difundir rumores disfrazados de verdad.

Muchas veces estos mensajes comienzan con “me dijeron”, “se comenta” o “según una fuente”, pero pocas veces se comprueba su origen.

Así, la información se convierte en un eco deformado: interpretaciones, suposiciones y mentiras que generan animadversión, enojo, división.

Y detrás de estos mensajes casi siempre hay intereses: políticos, económicos o personales.

Hoy, la desinformación es una estrategia, un negocio. Hay quienes reciben pago por escribir textos que dañan reputaciones. Otros buscan popularidad fácil: likes, seguidores, atención.

La vida privada de una persona se convierte en contenido viral y el escándalo se vuelve moneda corriente. No se piensa en el impacto humano de esas palabras.

No se piensa en la familia que lee, en la persona que siente, en la historia que se rompe.

La verdad tiene algo que la distingue: no necesita gritar. La mentira, en cambio, hace ruido, llama la atención, provoca morbo. Por eso necesitamos recordar que la libertad de expresión no es licencia para mentir ni para humillar.

La libertad termina donde comienza el daño a la dignidad ajena.

Antes de compartir, comentar o reenviar, sería bueno detenernos solo un instante y preguntarnos: ¿Esto es verdad?,¿Cuál es la fuente?,¿Estoy construyendo o estoy dañando?.

Ese pequeño momento de reflexión puede evitar heridas profundas.

La empatía sigue siendo nuestra mejor herramienta contra la desinformación.

Aunque en entidades como Tamaulipas la figura penal de la difamación ya no esté vigente, sí existe la responsabilidad civil por daño moral, además de consecuencias éticas y sociales.

La reputación es parte de la identidad y el respeto no debería considerarse opcional ya que la crítica es necesaria para la democracia y el debate es sano, para el intercambio de ideas que construyan y edifiquen, no con mentiras y difamación en mensajes que destruyen por verse como chisme de quien los comparte.

En la era digital, la conversación pública sucede desde la pantalla de un teléfono, hoy es sumamente fácil opinar, señalar o acusar sin contexto y sin responsabilidad.

Un mensaje mal intencionado, una frase sin fuente o un rumor disfrazado de “dato” puede manipular percepciones sin que tengan los datos verificados . Se habla constantemente de libertad de expresión, y es cierto, es un derecho valioso y fundamental para cualquier sociedad democrática.

Pero ese derecho pierde sentido cuando se usa para manipular, tergiversar o difundir mentiras con la clara intención de dañar.

Muchas publicaciones comienzan con “dicen que”, “ se comenta” , “ trasciende que”, o “según se sabe”, pero pocas veces se verifica el origen de esas palabras.

Así se va construyendo una cadena de desinformación que mezcla suposiciones, interpretaciones y falsedades que terminan por generar desprestigio, divisiones y desconfianza.

Y no se trata sólo de palabras en el aire: detrás de estas campañas hay intereses políticos, personales o económicos.

Hoy, la desinformación también se ha convertido en un negocio. Hay quienes reciben compensación por escribir ataques, por amplificar rumores o por convertir la vida privada de alguien en contenido viral.

El escándalo se vuelve mercancía y el daño moral una herramienta de presión. Lo que muchas veces no se considera es el impacto humano: una reputación dañada no se repara con la misma rapidez con la que se compartió una mentira.

Detrás de cada nombre hay una historia, una familia, una trayectoria, un esfuerzo.

La verdad no necesita gritar. La mentira sí: hace ruido, busca atención y provoca morbo. Por eso es importante recordar que la libertad de expresión no es el derecho a humillar, calumniar o deshumanizar.

La libertad termina donde comienza el daño a la dignidad de otra persona. Aunque figuras como la difamación ya no estén tipificadas en algunos estados, como Tamaulipas, permanece la responsabilidad civil por daño moral y, más aún, la responsabilidad ética ante la sociedad.

Antes de compartir una publicación, reenviar un mensaje o comentar algo que no conocemos de fondo, conviene detenerse un instante y preguntarnos: ¿esto es verdad?, ¿tiene una fuente real?, ¿estoy construyendo o estoy dañando? La empatía —esa capacidad de ponernos por un momento en el lugar del otro— es la herramienta más poderosa contra la desinformación.

La crítica es necesaria, el debate fortalece y la diferencia de opiniones enriquece cualquier democracia. Pero la mentira deliberada no es crítica: es agresión.

Y lo que se destruye con la palabra, no siempre se puede reparar con la misma facilidad. Por eso, en tiempos de ruido digital, recordar el peso de lo que decimos es un acto de responsabilidad y también de humanidad.

 

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