Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas
Es el mes en que las hojas caen con suavidad, enseñándonos que también la belleza puede desvanecerse sin tristeza; el mes en que el cielo se vuelve íntimo y el corazón, más receptivo a la emoción.
Bajo esa atmósfera de oro y nostalgia, la música adquiere otro brillo, y los escenarios se llenan de una luz que no solo ilumina, sino que acaricia.
Fui invitado para ver la calidad y espectacularidad musical de “Arts Factory”. Un grupo nacido en nuestro querido Matamoros con empaque de gran ciudad.
Desde el primer capitulo de la obra “La Sirenita, El Concierto” es inevitable no quedar atrapado por el nivel de talento, entrega y sincronía escénica que desborda el escenario.
Las voces, limpias y apasionadas, se entrelazan con la música en una armonía que trasciende el simple espectáculo: es un homenaje a la juventud creadora de Matamoros.
Cada nota, cada gesto, cada destello de luz me pareció para decir que el arte no es privilegio de las grandes capitales, sino la consecuencia natural de quienes sueñan con disciplina.
Debo decir que “Arts Factory” ha logrado lo que pocos: convertir una historia muy conocida en una experiencia sensorial, donde la voz de cada intérprete no solo canta, sino cuenta y emociona.
Culto lector, al final, al caer el telón uno comprende que esta “Sirenita” no es solo un relato del mar, sino una metáfora del talento que emerge desde las profundidades de nuestra tierra fronteriza.
Matamoros brilla, no por decreto, sino por el resplandor auténtico de su juventud que ha decidido cantar, actuar y soñar en grande.
Todavía influenciado por el gusto del espectáculo que presencié me da para afirmar que hay noches que no se olvidan, porque la emoción no se queda en el escenario, sino que se instala en el alma del público.
Así ocurrió durante la puesta en escena de “La Sirenita, El Concierto”, una adaptación musical que se convirtió en un canto a la juventud, a la esperanza y, perdón que sea reiterativo, debo serlo, al talento matamorense.
Debido a la calidad inicial de la obra me tarde en poner atención a la secuencia de las canciones que venían en el programa, pero desde el primer acorde, el teatro entero fue invadido por la vibración de las voces, voces jóvenes, frescas, maravillosas, que parecían haber sido talladas por la brisa marina.
Cada participante, con admirable entrega, no solo cantaba: invocaba. Era una voz coral que ascendía y descendía como la marea, una comunión de timbres donde la perfección vocal rozaba lo celestial.
En esa sincronía, uno podía imaginar que hasta el mismísimo Tritón habría dejado su tridente para aplaudirles.
El momento en que Ariel entonó “Parte de él” marcó el tono emocional de la noche. Con dulzura y entrega, su voz —cristalina y llena de anhelo— se alzó como un suspiro enamorado en dirección al príncipe Erick.
Aquel canto no era solo una confesión, sino un poema musical que envolvía al teatro entero, recordándonos que el amor, cuando se canta desde el alma, siempre encuentra un oído que lo escucha.
Luego irrumpió Úrsula, la perversa hechicera del mar, con “Pobres almas en desgracia”. Su interpretación fue magistral, teatral en el mejor sentido: su voz dominó el aire con un poder casi hipnótico.
Cuando Ariel le entregó su voz, el público contuvo la respiración. Fue un momento cautivador y estremecedor, donde la oscuridad del deseo se mezcló con la belleza de la melodía.
La siguiente melodía, “Posituvity”, trajo un respiro de optimismo y color. La alegre voz que interpretó a la gaviota llenó el escenario con un neologismo musical que parecía inventado por el viento.
En la pantalla, una gaviota se elevaba sobre el mar, y cada nota era como un aleteo luminoso sobre la costa.
Después volvió Ariel con “Ni en sueños lo imaginé”, envuelta en la luz de una luna proyectada sobre el horizonte.
Cantaba con esa mezcla de inocencia y pasión que solo tiene el amor primerizo. Mientras su voz flotaba sobre el piano y las percusiones, el príncipe Erick cruzaba el escenario, apareciendo y desvaneciéndose como un sueño imposible, como esas presencias que llegan al corazón sin pedir permiso.
El programa anunciaba “Le Poissons”, pero no se interpretó. Aun así, nada se perdió, porque la secuencia emocional se mantuvo intacta.
La omisión no fue una ausencia, sino un respiro; y el teatro, lejos de resentirlo, continuó hechizado.
Luego llegó “Bésala”, uno de los momentos más esperados. El ambiente se tornó romántico, el mar digital se iluminó con reflejos plateados y las voces corales acompañaron a los protagonistas con ternura.
Cada nota era una caricia, cada armonía una invitación al amor. Era el instante en que la música se volvía complicidad, en que el público deseaba, junto con Sebastián y Flounder, que ese beso sucediera de una vez por todas.
La melodía “Si solo” trajo consigo un toque mágico que erizó la piel de todos. Los participantes aparecieron sosteniendo esferas luminosas, pequeñas luciérnagas humanas que danzaban con el compás.
Era como si el teatro entero se hubiera transformado en un firmamento habitado por estrellas terrenales. Aquellas luces simbolizaban los deseos, la esperanza y la fe en los sueños que, alguna vez, todos pronunciamos en voz baja.
Me pareció un momento de pureza escénica, donde la juventud brilló no solo en los rostros, sino en las almas.
La escena final selló la historia con un amanecer. El sol se levantó en la pantalla, y frente a él Ariel y Erick, tomados de la mano, cantaron con la fuerza de quien ha vencido todas las tempestades.
El coro completo se unió en una explosión de voces y energía. Era el triunfo del amor, pero también el de la música, el arte y la juventud.
Sesudo lector, puedo decir que el público, conmovido, no aplaudió solo una obra: aplaudió la promesa de un futuro artístico luminoso para Matamoros.
Yo estaba extasiado de ser testigo de la calidad que contemplé en el lapso de una hora.
Sin temor a equivocarme, en esta versión de “La Sirenita, El Concierto” no solo se representó una historia; se celebró el talento emergente de una ciudad que canta, que crea, que sueña.
Cada voz fue una ola nueva, cada nota una reafirmación de que el arte en Matamoros está vivo, vibrante y en expansión.
Y sería injusto no reconocer el genio creador detrás de esta hazaña musical. Mi más sincera felicitación a Alejandro Guillen, Jorge Segura y Nils Becerra, artífices de una propuesta escénica que conjuga la sensibilidad artística con la disciplina y el amor por el oficio.
Su trabajo es una sinfonía de talento, imaginación y entrega, un faro que eleva el nombre de Matamoros y lo proyecta hacia horizontes culturales mayores.
En ellos se resume la nobleza del arte bien hecho, la pasión que inspira y la excelencia que perdura.
Querido y dilecto lector, las voces —bellas, disciplinadas, casi perfectas— fueron el hilo conductor de un espectáculo que trascendió lo escénico y se convirtió en un acto de fe colectiva en la cultura local.
Porque cuando la juventud canta con el corazón, Matamoros se convierte en un mar donde todo es posible.
El tiempo hablará.



Opina sobre este artículo