Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas

El aire de la ciudad fronteriza parecía más pesado que de costumbre, como si supiera lo que estaba por ocurrir. A media mañana, las camionetas de Prevención Civil salieron en caravana desde el Palacio municipal con un brillo que no venía del metal, sino del cinismo.
En los costados, el lema resplandecía con ironía: “¡Que brille la ciudad!” —como si la luz del poder pudiera lavar la sombra del abuso.
A la cabeza del operativo iba el encargado de Prevención Civil, Gustilano Sinuña, fiel ejecutor del soberbio Secretario Moctezuma, quien, desde su despacho, frente a la plaza principal, revisaba un informe como quien afila un cuchillo.
La orden había sido clara, precisa y sin margen para el humanismo mexicano: cerrar la pizzería y la dulcería para que como dice su eslogan, “Que brille la administración”.
Que ningún horno volviera a encenderse, que ningún dulce volviera a venderse. Y así, obedientes al verbo de su superior, diez empleados municipales y una patrulla estatal descendieron de sus unidades como si fueran a capturar a un enemigo público, una anciana de 80 años.
La señora de la dulcería, en cambio, los esperaba con su inocencia intacta: un local con paredes color crema, bolsas de caramelos colgando del techo, vitrinas con mazapanes, chocolates y chicles que parecían de otro tiempo.
Detrás del mostrador, la señora —con un vestido de blanco inmaculado, con sus ochenta años de trabajo en las manos— se movía de un lado a otro tratando de entender qué clase de pecado podía haberse cometido entre dulces y piñatas.
Solo el secretario Moctezuma lo sabía, quien en su oficina esperaba con ansias el parte de su encargado de Prevención Civil.
—El 23 de junio pasado fue cuando vinimos a notificar por primera vez —dijo una de las empleadas municipales con voz de trámite, sabiendo que habían desaparecido sus expedientes y sin mirar a la anciana—, y nunca se presentaron.
Cinco funcionarios adentro, otros cinco afuera y la Policía Estatal con la mano sobre la cintura, pensando, “en serio esta anciana era la urgencia por atender”.
La escena, de tan absurda, parecía un mal sueño: un ejército desplegado contra una viuda de ochenta años, vaya que si brilló, y con creces, la administración municipal.
La dulcera se lamentaba—Nosotros ya estábamos con un consultor desde hace un mes —dijo ella, limpiándose las lágrimas—.
No entiendo por qué hacen esto.
Otro empleado municipal, sin levantar la vista, soltó su frase de piedra:
—No tenemos ningún expediente de usted en el municipio. Lo que procede es poner sellos.
Los expedientes, claro, habían desaparecido. Misteriosamente.
La señora, entre el llanto y la rabia, replicó con una dignidad que dolía:
—Eso me hubieras dicho la semana pasada: si no trae la papelería, el lunes vengo y le cierro. ¿Por qué no van a otros negocios que están peor que yo? ¡Y no me digas que no saben dónde están!
El llanto de la Señora de la dulcería se mezcló con el olor a azúcar. Detrás del mostrador, ella caminaba como esperando que de pronto se abriera el techo y cayera una justicia celestial que detuviera aquella farsa.
En su mente, por un instante, recordó los días de campaña del jovencito alcalde, cuando él mismo, sonriente, le había pedido el voto.
—¿Para esto me pidió el voto? Y ahora pide que brille la ciudad—susurró.
El operativo siguió su curso con el ritmo de una ceremonia vacía. Los empleados de Prevención Civil pronunciaban su letanía burocrática que los hacía brillar en sentido negativo:
—Hay que eliminar riesgos, apagar la luz y proceder a evacuar.
Pero una cliente, indignada, los interrumpió:
—La luz no la pueden apagar porque tienen cámaras, ¿y si se mete un maleante? ¿Con qué se ampara la señora? ¡Lo que más hay en esta ciudad son amantes de lo ajeno!
Nadie respondió. Una funcionaria municipal hizo un gesto seco, ordenando seguir con el protocolo. Ya estando todos afuera cerraron las cortinas blancas de fierro y dos hombres comenzaron a colocar los sellos, a pegar las hojas oficiales que, bajo el sol, “brillaban” como si fueran espejos de burla.
Afuera, la patrulla de la Guardia Estatal custodiaba la escena con sus luces apagadas. En la carrocería se leía otra promesa hueca: “Policía de Proximidad.” Nadie estaba más lejos de la gente que ellos en ese momento.
Los vecinos miraban desde las banquetas, murmurando entre sí, sin atreverse a intervenir. En la frontera se aprende desde niños que el poder no se discute, solo se sobrevive.
A unas calles de ahí, el hijo —el pizzero— recibió la llamada. Salió corriendo de su local, sin apagar el horno, con el corazón acelerado y una rabia que le ardía en los ojos.
Cuando llegó, ya las camionetas estaban estacionadas y el sello frío adornaba la puerta como un epitafio.
—¡Tenemos todo en orden! —gritó con sesgo de impotencia—. Se metió toda la papelería, tenemos al consultor, hicimos todo conforme a la ley.
¡No somos delincuentes! ¡No somos asesinos! ¡No somos rateros! ¿Por qué hacen esto? ¡Tres veces me acerqué con ustedes para regularizar todo y tienen mi papelería!
Nadie respondió.
Gustilano Sinuña, el encargado de Prevención Civil se limitó a mirar de reojo y dar una palmada a uno de sus hombres, como quien aprueba una tarea cumplida.
La madre se cubría el rostro con las manos. Lloraba, no de miedo, sino de impotencia. Afuera, el letrero oficial “¡Que brille la ciudad!” parecía reírse del dolor.
El sol del mediodía pegaba fuerte sobre la calle, y en el reflejo de las camionetas se podían ver los rostros de los que obedecían sin pensar.
Nadie entre ellos imaginaba el verdadero daño de aquella orden: detrás de esa dulcería había más de dos mil tienditas de barrio que compraban su producto; detrás de la pizzería, una red de trabajadores, madres solteras, jóvenes y ancianos que sobrevivían de esos negocios.
El Secretario Moctezuma, en su soberbia, no entendió que su golpe no fue contra dos locales: fue contra el tejido popular, contra la vida cotidiana de una ciudad ya quebrada.
Terminada la clausura, Gustilano subió a su camioneta y, con el sello aún húmedo en la puerta, marcó desde su celular al Secretario Moctezuma:
—Ya quedó, jefe —dijo con voz temblorosa pero satisfecha—, misión cumplida.
Al otro lado de la línea, el Secretario Moctezuma sonrió como lo hacen los funcionarios pequeños con poder y de muy corto alcance.
Ignoraba que toda esta injusticia iba a ser ampliamente difundida en redes sociales y se convertiría en su propia condena moral. Lejos estaba de ver las consecuencias de su soberbia y de su arbitrariedad en la comunidad, donde la indignación ya comenzaba a hervir como un horno encendido.
El viento sopló entre los anuncios rotos, levantando el polvo que se metía por las rendijas del mostrador. La mujer, ya sin lágrimas, se sentó en una silla junto al letrero clausurado.
Detrás de ella, los dulces permanecían en silencio, como si hubieran aprendido de los humanos que la tristeza también tiene sabor.
Al caer la tarde, las patrullas se marcharon una a una. Quedaron los sellos “brillando” bajo el sol poniente, sin el humanismo mexicano y el eco de las botas alejándose por la acera.
La calle recuperó su calma, pero no su dignidad.
Afuera de la dulcería, la anciana seguía sentada, mirando el suelo. El hijo permanecía de pie junto a la puerta, con los puños cerrados y el pecho lleno de rabia.
—Nos quitaron el trabajo —dijo él en voz baja—, pero no nos van a quitar la verdad.
Y así terminó el día en que el poder decidió que los dulces eran peligrosos. El viernes en que el sol brilló para los uniformes… pero no para la justicia.
Alguien alcanzó a oír a un transeúnte que pasaba por ahí y dijo: el jefe de Moctezuma sin visa y con estos abusos de autoridad quiere que brille la ciudad.
(Este relato continuará)
Próxima narrativa: La cita del pizzero y la señora de la dulcería en presidencia.



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