Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

0
Votos
Nota Aburrida
Nota Interesante
El amo de casa: ¿Quién debe mandar en casa, él o ella?

viernes, 17 de octubre de 2025
Comparte esto en Facebook
Comparte esto en Twitter
Comparte esto en Digg
Enlarge Font
Decrease Font
Querido lector, a veces uno no escoge las lecciones que lo despiertan, sino que éstas llegan con la sutileza de una bofetada envuelta en pedagogía.

Recientemente supe de un caso dentro de un matrimonio en el que el éxito profesional de ella ocasionó absurdamente el divorcio, el hombre no supo gestionar óptimamente el talento de ella.

Esta situación me trajo a colación cuando hace algunos años, mi amigo Ernesto Parga, que coordinaba un grupo de conferencistas desde Matamoros, me envió a San Fernando, Tamaulipas, para impartir una sesión del programa “Escuela para Padres”.

Todo marchaba con orden y compostura hasta que alguien, entre los maestros asistentes, lanzó la pregunta que suele dividir a las familias, a los filósofos y a los grupos de WhatsApp:

—¿Quién debe mandar en un matrimonio, él o ella?

Me río (de Janeiro) mientras te escribo esto querido lector. Yo, educado en un patriarcado de manual, no dudé ni un segundo. Respondí con la seguridad de quien no se ha puesto todavía frente al espejo de la vida:

—El hombre.

No imaginé que acababa de abrir las puertas del infierno con esa frase, un cataclismo existencial, diría García Márquez con su icónico estilo de realismo mágico.

Porque este universo, tan amplio y generoso, ha cultivado familias que viven en una lógica muy distinta a la de mi infancia.

Crecí en un hogar donde tanto mi padre como mi madre trabajaban. Mi madre era Química industrial de profesión, subdirectora de una preparatoria, de carácter firme y mirada de autoridad, pero en casa, al menos en teoría, la última palabra la tenía mi padre, ingeniero civil de profesión.

Digo “en teoría” porque la práctica era otra historia.

Mi padre solía reírse de ello. Cuando sonaba el teléfono y algún vendedor preguntaba:

—¿Podría comunicarme con el jefe de la casa?

Mi padre, sabiendo que amablemente molestaba a mi madre respondía, con su ironía imbatible:

—Bueno, habla el subjefe, porque mi esposa no está en este momento.

Yo crecí con esa lógica medio jerárquica, medio cómica, convencido de que así era el orden natural de las cosas. Hasta que en San Fernando descubrí que las cosas habían cambiado más de lo que yo suponía.

Durante la charla siguiente del curso, varias personas —hombres y mujeres— se me acercaron para decirme, casi en coro, que en sus casas mandaba la mujer.

(Gulp) Y ahí, lo confieso, tuve una epifanía inmediata. Reaccioné con la rapidez de quien entiende que o ajusta el discurso o lo crucifican en la plaza pública.

Les dije entonces:

“Miren, si eso se habla desde el principio, antes de casarse, y se define con claridad quién llevará el control, todo está bien.

Si él acepta que mande ella y con eso son felices, bendito matrimonio. Y si es al revés, también. El problema no es quién manda, sino fingir que uno lo hace cuando en realidad ya lo ascendieron a subjefe.”

No sé si por aquello de mis antecedentes matrimoniales o por mi ironía de divorciado, pero el grupo estalló en carcajadas. Algunos aplaudieron, otros asintieron con aire de complicidad.

Sesudo lector, a veces pienso que el verdadero amo de casa es el que sobrevive con humor a sus propias renuncias. Hoy creo que ser amo de casa no es derrota ni penitencia: es una forma moderna de rendirse con elegancia.

Recuerdo a mi padre en sus días de jubilado barrer el frente de la casa con una esencia exultante que parecía disfrutar de una catarsis curativa.

Porque entre el amor y el poder siempre hay una lucha secreta que sólo gana quien entiende que cuidar, limpiar, cocinar o esperar también son formas de amar.

Y si la mujer triunfa profesionalmente, bendito sea el hombre que aprende a aplaudir desde la cocina sin sentir que ha perdido el trono.

Querido y dilecto lector, al final, lo importante es no vivir engañados: que cada uno sepa si manda, obedece o, como yo, simplemente administra la diplomacia doméstica desde el exilio sentimental de un divorciado que todavía cree en el amor, pero con reglamento nuevo.

El tiempo hablará.

 

Opina sobre este artículo

Nombre   Email  
Título
Opinion

Columnas Anteriores

Otras Noticias