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Donde el cielo toca la tierra

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Ladakh, el 'techo del mundo', recibe viajeros entre glaciares, monasterios y valles milenarios, donde el cielo parece tocar la tierra.
viernes, 17 de octubre de 2025
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Agencia/Reforma

Su población apenas supera el cuarto de millón de habitantes y su superficie no llega a los 60 mil kilómetros cuadrados, el equivalente en México a Guerrero o Nuevo León, sin embargo, el territorio indio de Ladakh, extensión natural de la vecina y disputada Cachemira, posee una riqueza que supera, por mucho, tales indicadores.

No sólo por su posición geoestratégica en la frontera entre India, China y Pakistán, sino por su milenaria historia, que abarca del Neolítico a los estados principescos de la época del Raj británico, pasando por su rol en la Ruta de la seda y su pertenencia al mítico imperio kushán; su amalgama étnica, lingüística y religiosa, de la chií Kargil, su segunda ciudad más poblada, a la budista Leh, su capital; y su invaluable patrimonio naturalístico, que incluye decenas de glaciares, cedros del Himalaya (Cedrus deodara), plantas medicinales endémicas y al esquivo leopardo de las nieves (Panthera uncia), amenazados gravemente por los abruptos cambios registrados en los patrones meteorológicos de la región, resultado de la crisis climática.

EL TECHO DEL MUNDO

"Bienvenidos al techo del mundo", reza el letrero que recibe a los pasajeros que desembarcan en el aeropuerto de Leh, centro administrativo y capital del territorio de Ladakh.

La humilde terminal aérea, construida en 1961 con madera de cedro y techos de lámina, está empotrada entre un campo militar y los monumentales trabajos de construcción de la que será su sustituta, parte de los esfuerzos del gobierno indio por multiplicar el número de visitantes a este rincón del Himalaya, abierto al turismo desde 1974.

Con una docena de vuelos diarios hacia Nueva Delhi, además de uno a Bombay y otro a Jammu, respectivamente, el aeródromo de Leh, a tres mil 500 metros sobre el nivel del mar, es la principal puerta de entrada a Ladakh.

Equidistante de los desiertos del Turkestán chino y de las planicies ribereñas del norte de la India, Leh se encuentra en el centro geográfico del territorio que, a su vez, constituye el corazón del Himalaya.

Rodeada de picos nevados que promedian los seis mil metros de altura, la pequeña ciudad tiene como punto neurálgico el palacio fortaleza construido en 1600 por Sengge Namgyal, monarca de la dinastía homónima que gobernó Ladakh desde la Edad Media hasta inicios del siglo 19, y modelado según el palacio de Potala, en Lhasa.

A sus pies, la ciudad vieja con sus laberínticos callejones de casas de adobe, bazares de especias, mezquitas, pagodas, templos budistas, casas de té y tiendas de recuerdos.

En sus amaneceres y atardeceres confluyen monjes tibetanos, pastores trashumantes, comerciantes cachemires, montañistas, gurús y turistas de toda índole.

Toda vez que el organismo se acostumbre a la altitud y a la falta de aire que ésta conlleva, desde Leh ha de hacerse camino, más allá de los picos que la rodean y desde los cuales el cielo parece tocar la tierra.

Al norte, a través del afamado paso del Khardung La, a cinco mil 359 metros sobre el nivel del mar, hacia el valle de Nubra, con sus manadas de camellos bactrianos (Camelus bactrianus), descendientes de los que llevaban a lomos los bienes comerciados en la Ruta de la seda; sus prados de flores púrpuras y sus arbustos de espino amarillo (Hippophae rhamnoides), utilizado en la medicina tradicional tibetana para fortalecer el sistema inmunológico.

O hacia el sur, al valle de Zanskar, sólo accesible a pie a través de cañones y ríos congelados durante los largos meses del invierno, con sus antiquísimos budas labrados en roca, sus monasterios, sus cuevas y su ascetismo.

 

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