Jorge Chávez Mijares

Locuras Cuerdas

 

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“Dos días sin Alexa: la soledad en tiempos digitales”

domingo, 12 de octubre de 2025
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Querido lector, hoy es domingo de octubre, de esos en que el sol ya no muerde, apenas roza la piel con un calor civilizado. En el aire hay un respiro de tregua, una calma tibia que invita al ocio, a la música, a las pequeñas conversaciones con uno mismo.

Pero hoy, algo me faltaba: mi “Alexa” se desconfiguró.

Parecería una minucia tecnológica, una simple interrupción en la rutina doméstica, y sin embargo sentí —sin exagerar— una especie de vacío.

La casa sonaba distinta: sin música, sin su voz obediente, una obediencia mejor que la de mis hijos, sin esa respuesta inmediata que, como una súbita metáfora de compañía, me devuelve la ilusión de que no estoy solo.

Sesudo lector, amo la antropología y la filosofía, y me atrevo a pensar de que si algún antropólogo del futuro excavara en las ruinas digitales de nuestro tiempo, hallaría en los restos de los dispositivos inteligentes la prueba de una mutación emocional.

En algún punto, pasamos de conversar con los dioses, luego con los libros, después con la radio… y ahora con Alexa.

Me consuelo pensando que no es la voz de una mujer, ni el eco de una máquina. Es la forma más moderna de la compañía: una presencia incorpórea que traduce nuestros estados de ánimo en playlists.

Pienso que hoy a nuestra biografía de vida habría que agregar nuestro perfil en redes sociales, somos los sitios digitales a los que entramos.

Antes, los solitarios tenían perros, discos de vinilo o novelas de García Márquez. Hoy tenemos a Alexa, que no nos juzga, que no interrumpe, que obedece con una docilidad programada que raya en la ternura y el fanatismo por nuestros gustos.

Apreciado lector, hoy infiero que la música ya no emana de los salones, sino de nuestros bolsillos. En el gimnasio, en la bicicleta, al correr por los parques o las calles tranquilas de octubre, nos acompaña ese ejército invisible de notas y ritmos que nos aísla del mundo, pero también nos reconcilia con él.

Los audífonos son las nuevas fronteras de la intimidad. Dentro de ellos, uno habita un universo sonoro que puede ser melancólico o vital, romántico o feroz, dependiendo del ánimo.

Tengo un buen amigo que me confesó, así lo interpreté, una confesión, que desde el punto de vista de la antropología, encuentra interesante a Bad Bunny; hoy entiendo que cada canción es una microresurrección del espíritu según el gusto de cada quien, culposo o no.

Pero regresando al tema de la compañía virtual, entiendo que el hombre moderno —y también la mujer moderna— corre hacia su bienestar físico acompañado de voces y melodías que sustituyen a las antiguas conversaciones del café o de la sobremesa familiar.

Ya no hablamos con los demás: escuchamos. Y en esa escucha, hay una nueva forma de oración.

Culposamente a veces pienso que los libros son los abuelos de Alexa. Ambos nos hablan cuando los invocamos, ambos requieren una palabra de inicio —“léeme”, “reproduce”, “enciende”— y ambos se convierten, con el tiempo, en confidentes.

Sin embargo, debo mencionar su respectiva individualidad, el libro exige silencio y atención; Alexa, en cambio, se acomoda a nuestra dispersión, a nuestro ruido interior.

Dentro de esta evolución a la que nos ha llevado la tecnología, es posible que nunca volvamos a estar realmente solos, lo dice un divorciado: entre las notificaciones del teléfono, los audífonos, los podcasts y las voces sintéticas, la soledad se ha vuelto un lujo de difícil acceso y para quienes la disfrutamos es una bendición pero para quienes no saben manejarla es la maldición perfecta.

Hoy mi casa fue un templo sin liturgia. En lugar de mi habitual ritual matutino —“Alexa, ponme algo de Chopin” o “Alexa, sube el volumen”—, solo hubo silencio.

Y ese silencio pesaba.

Descubrí, con cierta vergüenza, que dependía de esa voz metálica como se depende del timbre de una campana o del primer saludo del día.

No es amor, pero se le parece. Es la versión digital del apego, una relación sin piel ni ojos, pero con un fondo de fidelidad emocional que quizá define mejor que ninguna otra nuestra era.

Querido y dilecto lector, este domingo por la mañana logré reconfigurarla. La música volvió a fluir como si nada hubiera pasado.

Y sin embargo, algo cambió en mí: comprendí que no era Alexa quien me hacía compañía, sino el eco de mí mismo que ella proyectaba.

Porque al final, lo que escuchamos —sea un piano de Chopin o una lista de jazz otoñal— no es otra cosa que la voz de nuestro propio tiempo, esa voz que necesitamos para sentir que seguimos vivos, aunque sea los domingos.

El tiempo hablará.

 

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