Jorge Chávez Mijares
Locuras Cuerdas
En Nuevo Laredo, Carmen Lilia Canturosas subió al estrado con la sobriedad de quien entiende que la política no es una pasarela, sino un acto de administración pública.
Su discurso fue institucional, casi áspero en su seriedad: habló de finanzas sólidas, de proyectos estratégicos, de compromisos internacionales que van desde la ONU hasta el comercio global.
No necesitó de grandes pantallas ni de desplantes teatrales. La alcaldesa entregó resultados sin excesos, como quien firma un contrato tácito con su pueblo: prometer poco y cumplir mucho.
Reynosa, en cambio, fue torrencial. Carlos Peña Ortiz habló largo, había músculo: becas que alcanzan a más de 140 mil estudiantes, empleo formal para decenas de miles, infraestructura que cambia la vida cotidiana de la ciudad.
El joven alcalde es heredero de la política como resistencia, y lo sabe: su Reynosa es frontera que lucha, espacio donde cada logro es también un acto de supervivencia.
Sí, le sobró verbo, pero le sobraron también obras para sostenerlo.
Y luego apareció Matamoros, escenario barroco iluminado con pantallas LED y veinte videos intercalados. Alberto Granados se movía en el estrado como conductor de televisión, más Marco Regil que presidente municipal.
Su delgadez no era la del esfuerzo ni del temple del ejercicio, sino la de un consultorio cosmético; su rostro no hablaba de desvelos ni de batallas políticas, sino de agujas y bisturí.
Convertido en presentador de sí mismo, el jovencito alcalde confundió la solemnidad de un informe con la vanidad de un espectáculo.
Sesudo lector, los datos que presumió parecían inflados como globos de feria: millones de metros cuadrados de maleza eliminada, brigadas de descacharrización narradas como epopeyas, más de cien caídos repuestos que solo él sabe dónde están, plataformas digitales anunciadas como si fueran inventos de Silicon Valley.
Mientras tanto, el auditorio se mostró frío: sociedad civil ausente, aplausos apenas contenidos, y la sospechosa utilería de edecanes y equipos de logística ocupando las sillas vacías.
Aplausos producto del amor rentado.
Más grave aún: la insistencia en colocar a su hermano como sombra de poder, el exceso de protagonismo familiar, el olvido de que la política no se hereda ni se reparte como pastel de cumpleaños.
Querido lector, tres informes nos dejan una misma enseñanza. Carmen Lilia mostró la seriedad de Estado; Peña Ortiz, entregó obra y visión.
Granados, en cambio, eligió el bisturí sobre la disciplina, el reflector sobre la gestión, la estética banal sobre la sustancia política.
Y la historia, siempre severa, nos recuerda que los pueblos pueden perdonar errores, pero rara vez perdonan la frivolidad.
Querido y dilecto lector, al final, la verdad es sencilla: Nuevo Laredo entregó hechos, Reynosa volumen, Matamoros espectáculo. Y en política, como en la vida, los aplausos no bastan: lo que queda es la obra que se toca, no el eco que se proyecta en pantallas.
El tiempo hablará.



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