Por: Isaí Heredia
Hoy se desempeña como Asistente Administrativa en la Dirección, pero su vocación va mucho más allá del escritorio. La enfermería no solo es su profesión, es su identidad, su legado, su manera de amar y de servir.
Desde niña, Yuleni sentía ese llamado profundo de ayudar. Si bien sus sueños iniciales apuntaban hacia la fisioterapia o la medicina, la vida —o quizás el sabio impulso de su madre— la condujo por el camino de la enfermería.
Y fue ahí, en la primera clase impartida por su maestro Jorge Guadalupe Martínez, donde todo cobró sentido: “Supe que me encantaría la enfermería”, recuerda con una sonrisa.
Más tarde, llegaría otra figura clave: la maestra Olga Lidia, quien le enseñó que incluso al tomar signos vitales se puede demostrar humanidad y que en cada procedimiento, por rutinario que parezca, se puede transmitir vocación.
Su abuelo, quien fue su guía e inspiración, partió hace dos años, pero el ejemplo que sembró en su nieta sigue floreciendo en cada acto de servicio.
La parte que más la conmueve de su trabajo es ser testigo de los inicios de la vida. Estar presente en los primeros minutos de un recién nacido, “Lo que menos me gusta —confiesa— es ver cómo la vida se va, aún cuando hacemos hasta lo imposible por salvarla.”
Yuleni es madre soltera, entregada por completo al cuidado de su hijo, quien vive dentro del espectro autista y padece una enfermedad crónica llamada artritis idiopática juvenil oligoarticular.
Él es su motor, su razón, su fuerza diaria. “Mi tiempo es 100% para él”, afirma con firmeza. A su lado, siempre, su madre, con quien comparte hogar, cuidados y esperanzas.











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