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Los apasionados

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Reynosa, 1825
domingo, 4 de noviembre de 2012
Por: Antonio Campos Rodríguez
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La noche pardeaba en la pequeña villa de Reynosa cuando Alejandro Vera, mejor conocido como “El bigote serenado”, hizo su arribo.

Montaba una caballo feote y contraecho llamado “ Jacobsen”. A ciencia cierta nadie en el poblado sabía porque el espantoso corcel llevaba ese nombre.

Sin embargo, se especulaba que el nombre se lo puso a su regreso de la Lousiana, donde estuvo por más de dos años.

Estaba tan influenciado por el idioma inglés, que no solo su equino tenía nombre anglosajón, sino que el español, lo hablaba como si tuviera en la boca un muégano que hacia imposible comprender todo cuanto decía.

Sea como fuera, “El bigote serenado” volvió a reintegrarse a su poblado natal y se dedicó a trabajar en el campo y a arrear ganado que se encontraba vagando en el inmenso territorio Novo Santanderino.

Carismático como era, no tardo en hacerse de un buen número de amigos con los que departía todas las noches en casa de Fuensanta Cantú jugando naipes y bebiendo bingarrote.

En ese lugar donde la moral era letra muerta, conoció a Rogelio Rodríguez, al que popularmente se le conocía con el mote de “Comisionado.” Por aquello de que según él, era un político consumado y se sentía muy influyente señalando que estaba muy bien relacionado en la capital de la Nueva España.

Al punto que gobernadores, militares y eclesiásticos eran sus entrañables amigos.

Ambos personajes durante algún tiempo dieron rienda suelta al carnaval de la carne, amén de que se hicieron inseparables amigos de los dioses Baco y Birjan a quienes dedicaron una buena cantidad de pesos, reales y tomines.

Un buen día ambos “galanes” decidieron ir de visita a la casa de la familia del “Comisionado” en el Charco Escondido.

Después de una travesía de ocho leguas llegaron al pequeño poblado donde fueron recibidos cálidamente por la familia Rodríguez.

En un santiamén les fueron servidas deliciosas viandas. Entre otras: un sabrosísimo venado en su salsa, acompañado de unos frijoles de rancho y una buena dotación de tortillas de harina.

Comieron tanto, que para ayudarles a mejorar la digestión les fue servido un anís traído de las lejanas tierras potosinas a fin de que pudieran expulsar con altisonantes regüeldos los excesos alimenticios.

El anís cumplió con su objetivo y en cuestión de treinta minutos sus abultados estómagos como por arte de magia se tornaron varitas de nardo.

Después del florilegio de bastimento, optaron por ir a caminar por las calles del pueblo. A su paso los saludaban algunos vecinos que para aquella hora deambulaban por las polvorientas calles.

Al llegar a la plaza principal se sentaron en una banca hecha de gruesos troncos de mezquite. Ahí estuvieron contemplando el árido paisaje; que salvo por un par de lagartijas que osadas deambulaban a tientas y locas por la calle.

Nadie más transitaba por el insípido lugar.

Cuando el día estaba entrado en horas, a la distancia vieron como don José de Luna y su ahijada Florcita Garza, se acercaban a donde ellos estaban reposando sus gigantescas posaderas.

Al quedar frente a frente con los caballeros. Don José con la prosapia cultural que le caracterizaba, extendió la mano derecha y les saludo con diáfana cortesía.

Los señores Rodríguez y Vera, sorprendidos ante la refinada educación de su interlocutor, no tuvieron más que extender su rústica mano y decir:

_Buenas tardes señor.

Sin embargo, así como extendían la mano para saludar. Sus lascivos y perniciosos ojos veían de arriba abajo a la señorita Florcita, que para ser sinceros, era una gentil dama muy agraciada.

Tanto por lo alegre de su carácter, como por lo escultural de su delicado y fino cuerpo.

Concluido el breve episodio de saludos, don José y Florcita continuaron su camino.

Al verlos partir, Rodríguez y Vera quedaron prendados de ella y de inmediato empezaron a maquinar un plan para conquistarla.

Ladinos como eran ambos…guardaron en lo más hondo de su nefando corazón sus oscuras intenciones, ya que una cosa era ser amigos y otra muy diferente rivales de amores.

Pasaron tres días a lo largo de los cuales los viajeros provenientes de la villa de Reynosa, intentaron volver a ver a la mujer que les traía revuelto los entresijos del alma.

Para su desgracia, solo pudieron alcanzar la añoranza de recordarla en su imaginación, porque Florcita por ningún lado aparecía.

Así que optaron por volver a su polvoroso terruño.

Durante dos semanas el Comisario y bigote serenado no se vieron. Es más, procuraron ocultarse el uno del otro porque sus maquiavélicos planes estaban por ser puestos en marcha.

Rodríguez sigilosamente una mañana muy temprano emprendió el viaje al Charco Escondido al enterarse que se iba a celebrar la boda de don Anastasio Zamora y la señorita Josefa Longoria.

¡Qué mejor ocasión para cortejar a la ahijada de don José de Luna! Se dijo en su interior.

Llevaba en la alforja de su caballo un traje de vestir carísimo y un sombrero de tres pedradas. De esos que solamente se usaban en los grandes eventos, y al que iba a asistir, era uno de ellos.

Que lejos estaba el buen Comisionado de saber que bigote serenado le venía pisando los talones. ¿Cómo se entero de la boda? ¡Quién sabe!

La casa de los Zamora lucía encantadora. Por doquier se apreciaban hermosas flores y mesas cobijadas por esplendidas telas brocadas traídas de Castilla, en la lejana España.

El lugar en que se dispuso iba a tocar bellísimos minuetos la orquesta especialmente traída de la villa de Saltillo, estaba adornado por un arco de bugambilias de variados colores.

La iglesia olía a azares. Su iluminación enmarcada por enormes capuchinas podía verse hasta la lejana villa de Revilla. Las bancas fueron mandadas pintar con un color nogal muy delicado y los reclinatorios tapizados de color rojo púrpura.

El sacerdote, don Nepomuceno Gutiérrez habría de portar un distinguidísimo ropaje eclesiástico. Los monaguillos, se vestirían con un atavío negro con blanco confeccionado por doña Altagracia de la Garza.

Todo estaba inteligentemente preparado para celebrar los esponsales a la hora señalada y así sucedió.

Después de celebrada la misa de compromiso matrimonial, los novios y sus invitados se dirigieron a la casa de los Zamora donde fueron recibidos con las notas de unos bellos valses venecianos.

Rodríguez fue el primero en ingresar a la casa. Se le veía radiante, feliz porque aquella iba a ser su noche. La noche en que irremediablemente conquistaría para siempre a la bellísima Florcita y con ello las fragancias de sus amores.

En esas estaba, cuando de repente vio llegar al recinto a bigote serenado. El piso se le movió y tuvo unas inmensas ganas de tomarlo por el cuello y arrojarlo lo más lejos posible.

Sin embargo se contuvo.

Bigote serenado, también sintió un fuerte impacto en la sesera cuando vio al Comisario y de igual manera paso por su mente pensar en un rito mágico para que desapareciera ipso facto y tuviera acceso directo a la bella mujer que le traía colapsado el corazón.

Don Raúl Ramos viejo zorro en asuntos del corazón, no podía contener la risa que le provocaba al ver aquellos hombres comportándose como pubertos.

Pensó por un momento acercarse a ellos y decirles:

_ De verdad que se ven ridículos. Por favor, ya son unos hombres hechos y derechos como para andar construyendo castillos de naipes en el cielo.

Usted Alejandro mire el tremendo bigotón que porta, el cual es signo inequívoco de que es un adulto y ahí anda con el corazón todo encaramelado haciendo cualquier cantidad de ridiculeces para llamar la atención de Florcita.

Rogelio, usted de plano ni vergüenza tiene. Cómo es posible que pretenda cortejar a la ahijada de su buen amigo don José de Luna, cuando usted anda en amores con una dama en la villa de Mier.

Madure señor, no sea tan guzgo.

Sin embargo, don Raúl se contuvo, porque bien intuía que el castillo de naipes llamado Florcita en cualquier momento les iba saltar al piso hecho añicos y así fue.

Resulta que en un compás de espera en medio de la boda, don José pidió la palabra al señor Zamora para hacer un feliz anuncio.

Irguió gallardamente el cuerpo y con voz de tenor anuncio a los ahí presentes:

_Distinguidas damas y caballeros, me permito presentar a ustedes al joven Pedro Rodríguez que desde lejano puerto de Pirán en Eslovenia viene esta noche junto con su padre don Vaclav Rodríguez Projaidovich a anunciar su compromiso matrimonial con mi ahijada Florcita.

Compromiso matrimonial con el cual estoy totalmente de acuerdo.

Terminado el anuncio los aplausos no se hicieron esperar y los futuros esposos fueron felicitados por la concurrencia.

Don Raúl que para entonces ya no aguantaba el dolor de estómago producto de la risa que le provocaba al ver aquel par de grandulones infantiles que ya no hallaban donde meter la cabeza opto por acercarse a ellos diciéndoles:

_ Ni modo compitas hay será para la próxima. Pero para que vean que no quiero hacer leña del árbol caído, les puedo presentar a dos tías mías de cincuenta años que están en espera de merecer y que mejor que con ustedes que tienen tanta “experiencia y sabiduría” en las cosas del corazón.

Los apasionados “amigos” al escuchar la propuesta de don Raúl, salieron de la casa del señor Zamora despavoridos y a la fecha nadie los ha vuelto a ver en la villa de Reynosa.

Será por la vergüenza que les provocó su inmadurez en los escarceos amorosas o tal vez porque las bellas féminas reynosenses al enterarse de lo sucedido en el Charco Escondido cada que los veían pasar se burlaban de ellos.

¡A que bigotón serenado!

¡Qué pues mi comisionado!

 

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